Visión América Latina

Construyendo los cimientos intelectuales para la futura civilización cristiana.

Paradoja celestial: menos leyes, más libertad.

Existe una paradoja que el mundo moderno no logra resolver y que la Escritura diagnostica con claridad: cuantas más leyes produce el hombre para ordenar la sociedad, menos libre se vuelve.

Los países de América Latina son un ejemplo doloroso de esta realidad. Las leyes y los reglamentos se acumulan, las instituciones se multiplican a la par de las leyes que se van creando, y sin embargo, la injusticia persiste, la corrupción florece y el ciudadano común se siente cada vez más atrapado en una red de obligaciones arbitrarias que no le ofrecen ni protección ni sentido, por el contrario, le producen una sensación sofocante al ver que la totalidad de su vida está regulada.

Esta inflación de leyes no es más que el síntoma teológico de una civilización que ha rechazado la Ley de Dios como fundamento del orden social y que ha intentado sustituirla con la voluntad del legislador humano. Cuando el hombre se convierte en la fuente última de ley, la ley se convierte inevitablemente en un instrumento de poder. Ya no protege al inocente, sino que lo somete. Ya no restringe al tirano, sino lo equipa.

La paradoja que retrataré en este artículo puede enunciarse con sencillez: la Ley de Dios, lejos de ser el enemigo de la libertad, es su única garantía duradera. Y para esto necesitamos partir de dos imágenes bíblicas que, a primera vista, parecen distantes entre sí; la hormiga que trabaja sin capitán en Proverbios 6, y el salmista que corre cuando Dios ensancha su corazón en el Salmo 119. Ambas imágenes apuntan hacia la misma verdad, la verdadera libertad no es ausencia de ley, sino vida ordenada bajo la Ley correcta.

La ley humana como jaula.

Cuando la Escritura habla de los reyes que multiplican las leyes y los decretos, no lo hace con admiración sino con advertencia. El paradigma se establece en 1 Samuel 8, donde Dios mismo describe lo que hará el rey que el pueblo pide, dice que tomará sus hijos, sus campos, sus viñas, su diezmo y sus siervos. El rey que no reconoce una ley por encima de sí mismo no tiene freno, y sin freno, legisla para sí mismo.

Este principio no ha cambiado. Cornelius Van Til lo articuló al señalar que toda epistemología que no parte del Dios trino del Evangelio termina siendo, en última instancia, autónoma, y la autonomía humana en el campo de la ley produce tiranía porque el hombre autónomo no puede apelar a ninguna norma que trascienda su propio deseo de poder.1

La ley positiva (aquella que emana exclusivamente de la voluntad del legislador humano sin referencia a una norma transcendente) es, por su propia naturaleza, opresora. No porque toda regulación humana sea maliciosa en sus intenciones, sino porque carece del fundamento que le daría coherencia y propósito. El problema no es solo ético sino epistemológico; en pocas palabras, el hombre no puede conocer qué es la justicia si no parte del Dios que es justo.

En América Latina esto se manifiesta de manera particular. Nuestros sistemas jurídicos son el resultado de la mezcla de derecho romano y positivismo jurídico ilustrado. El resultado es un sistema legal contradictorio, y que frecuentemente es utilizado contra los débiles. Yendo en contra de la intención principal de la ley bíblica, que es la protección de la víctima y de los desprotegidos. La ley se ha convertido en un instrumento de control social, y no de justicia.

La hormiga sin capitán.

«Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su sustento.» Proverbios 6:6-8

La imagen de la hormiga en Proverbios es, a primera vista, una lección de diligencia. Pero cuando se lee desde una perspectiva judicial, revela algo aún más profundo; es una imagen de libertad ordenada. La hormiga trabaja sin que nadie se lo ordene en el momento, sin capitán, sin gobernador, sin señor presente. Y, aún así, no actúa caóticamente, actúa con propósito, con previsión, con eficiencia admirable.

¿Cuál es el secreto de la hormiga? Que actúa conforme al diseño con el que fue creada. Aquel que la hizo la equipó con lo necesario para llevar a cabo su trabajo. No necesita un supervisor externo constante porque de manera autogobernada hace lo que tiene que hacer.

Esta imagen ilumina el contraste que Bahnsen desarrolla al exponer la diferencia entre heteronomía y teonomía. La heteronomía (ley impuesta desde afuera por una voluntad ajena) produce obediencia coercitiva. La teonomía (ley de Dios inscrita en el corazón del hombre redimido y en el orden de la creación) produce obediencia libre, porque la norma no es percibida como una imposición arbitraria sino como la expresión del orden para el que fuimos diseñados.2

La hormiga no necesita un Estado inspector que supervise cada momento de su trabajo porque opera desde una ley interna, una ley buena, justa y con propósito. El hombre redimido, renovado por el Espíritu Santo, tampoco necesita un Estado omnipresente que regule cada aspecto de su vida, él lleva en sí la Ley de Dios escrita en el corazón (Jeremías 31:33). Este es el principio de la verdadera libertad, no la ausencia de ley, sino la internalización de la Ley correcta.

Y aquí radica la crítica más profunda al estatismo moderno: al multiplicar leyes externas para controlar una sociedad que ha perdido su fundamento moral interno, el Estado no resuelve el problema de fondo, sino que lo agrava. Crea más supervisores porque no confía en que los ciudadanos tengan orientación interna. Al no confiar en ellos, los infantiliza, al infantilizarlos, los vuelve dependientes, al volverlos dependientes, no queda otra mas que dominarlos.

El camino ensanchado: Salmo 119:32 y la libertad bajo la Ley.

«Correré por el camino de tus mandamientos, cuando ensanches mi corazón.» Salmo 119:32

El Salmo 119 es el poema más largo de la Escritura, y su tema único es la Ley de Dios. Lo notable es que el salmista no trata la Ley de Dios como una carga pesada sino como un tesoro, un deleite, una fuente de sabiduría y de vida. Esta actitud sola debería poner un alto a cualquier hombre que siquiera insinúe que la Ley del Antiguo Testamento fue dada como régimen opresivo destinado a ser superado y olvidado.

El versículo 32 es particularmente de interés. El salmista no dice que caminará, sino que correrá. Y la condición para esa carrera no es la abolición de los mandamientos sino el ensanchamiento del corazón, ¡interesante! La Ley no se achica sino que es el corazón el que se agranda para recibirla con gozo. La verdadera liberación no llega eliminando los mandamientos sino expandiendo la capacidad del corazón para vivirlos con libertad y afecto.

La Ley de Dios actúa en dos vías, la primera es de manera condenatoria hacia todo aquel que rechaza la gracia de Dios manifestada en la obra de su hijo Jesucristo, y la segunda, como luz y guía en el camino de la santidad para el que ha abrazado esa gracia. La misma Ley que aplasta al que la viola en rebelión es el camino espacioso para el que la abraza en fe. Esta no es una contradicción sino una confirmación: la Ley es la revelación de la justicia de Dios, y la justicia de Dios condena al pecador y libera al justo.

Correr, en el idioma bíblico, no es huir sino avanzar con energía y dirección. El salmista no corre de la Ley sino corre por el camino que ella abre. Esta es la imagen de la libertad cristiana, la libertad del corazón dilatado que avanza porque tiene un horizonte, tiene un mapa, y tiene propósito.

La paradoja resuelta: menos leyes porque hay Ley.

 La afirmación «menos leyes, más libertad» no es, en sí misma, suficiente. En manos de un libertario secular, se convierte simplemente en la demanda de autonomía sin restricción, que no produce libertad sino la tiranía del más fuerte. La paradoja solo se resuelve correctamente cuando entendemos que solo la Ley de Dios da libertad.

La Ley de Dios, aplicada con sabiduría casuística como Rushdoony insiste, no requiere un código legal infinito porque sus principios son comprehensivos. Cubre los casos necesarios con economía, precisión y equidad. El sistema jurídico que se construye sobre ella no necesita multiplicarse indefinidamente porque resuelve conflictos desde principios claros, no desde la voluntad cambiante del legislador.3

James Jordan por otro lado, señala que la casuística bíblica no es una colección de casos cerrados sino un método pedagógico: los casos dados en la Ley enseñan principios que pueden ser aplicados analógicamente a situaciones nuevas.4 Esto significa que la Ley de Dios es, paradójicamente, más flexible y más estable que la ley positiva. Más flexible porque sus principios se aplican a contextos cambiantes. Más estable porque sus principios no cambian con los gobiernos.

La hormiga no necesita un reglamento nuevo cada día porque su naturaleza la orienta establemente. El pueblo de Dios no necesita un Estado regulador omnipresente porque su corazón renovado y la Ley del Señor son suficientes para orientar la vida en todas sus dimensiones. Esta es la base de la libertad cristiana, no el vacío de ley sino la plenitud de la Ley correcta.

Implicaciones para América Latina.

La aplicación de estas verdades a nuestro contexto no es difícil de ver, aunque sí exige valentía para vivirlas. Nuestras sociedades están atrapadas en el ciclo vicioso del intervencionismo, el Estado legisla para “resolver” los problemas que su propia ausencia de fundamento moral ha producido, lo cual genera más dependencia, más corrupción y más legislación en una espiral sin fin.

La Iglesia Reformada tiene una palabra profética que ofrecer en este contexto. Definitivamente no es la palabra del pietismo que se desentiende de la vida pública y espera el arrebatamiento. Tampoco es la palabra del progresismo que pide más Estado y más redistribución. Es la palabra de la reconstrucción; que el orden social que se necesita no se construirá con más decretos sino con más instrucción, con familias que viven bajo la Ley de Dios, con iglesias que la enseñan con integridad, con escuelas que forman ciudadanos que llevan la ley inscrita en el corazón.

Rushdoony tenía razón cuando afirmaba que la alternativa al gobierno de Dios no es la ausencia de gobierno sino el gobierno de la tiranía. América Latina está experimentando esa tiranía en múltiples formas: caudillos populistas que legislan por decreto, burocracias que se multiplican, ideologías que redefinen la familia y la identidad desde el Estado. La respuesta no es menos gobierno y ya. El único fundamento suficiente es la Ley de Dios.

Conclusión: Correr, no arrastrarse.

La hormiga de Proverbios no se arrastra bajo el peso de regulaciones externas, trabaja porque la ley de su Creador la orienta. El salmista no camina con dificultad bajo el peso de los mandamientos, corre porque su corazón ha sido ensanchado. Ambas imágenes convergen en la misma verdad: la Ley de Dios no es el obstáculo de la libertad sino su carretera.

Las sociedades que han rechazado esa Ley no han ganado libertad, han ganado el privilegio de ser gobernadas por leyes peores, más numerosas y opresivas, porque han abandonado la única fuente de ley que limita el poder del legislador humano: la Ley del Dios.

La paradoja celestial no es un misterio, es una promesa. Cuando el corazón de un pueblo es ensanchado por la gracia del evangelio y orientado por la Ley de Dios, ese pueblo corre en libertad. No necesita que el Estado lo arrastre con regulaciones. La libertad no es el vacío que queda cuando se retira la ley. Es el espacio que se abre cuando reina la Ley verdadera.

Notas

1 Cornelius Van Til, The Defense of the Faith, p. 196

2 Greg L. Bahnsen, Theonomy in Christian Ethics, p. 441

3 Rushdoony, The Institutes of Biblical Law. P.97

4 James B. Jordan, The Law of the Covenant: An Exposition of Exodus, p.22

Te podría interesar...