Visión América Latina

Construyendo los cimientos intelectuales para la futura civilización cristiana.

MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN: La caducidad de los gobiernos tiranos.

La Historia es la arena donde Dios decreta sus juicios, dijo Rushdoony. Y esta declaración es muy cierta; solemos pensar que los eventos históricos, para ser relevantes deben llevarse a cabo en escenarios dignos de tal relato, en algún campo de batalla o evento digno de ser recordado.

Lo que nos narra el libro de Daniel, específicamente capítulo 5, es sobre uno de estos juicios de parte de Dios, no solo sobre un hombre sino sobre toda una nación, es más, sobre todo un sistema que se había levantado en contra del Señor. Este juicio no se llevó a cabo en ningún campo de batalla, o en algún escenario digno de un libro de historia mundial, sino en un banquete, en una fiesta donde al parecer todo iba viento en popa para el rey y sus siervos.

La noche del festín de Belsasar fue el día que Dios juzgó, sin retraso, tampoco inesperadamente, porque el juicio era inevitable. El hijo del gran Nabucodonosor convocó a mil de sus grandes, y mientras el vino corría, tomó una decisión que coronó su rebelión y selló su destino, así como el de su nación. Mandó traer los vasos de oro y plata que su padre había llevado del templo de Jerusalén, para que bebieran de ellos él, sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas (Daniel 5:2-3). No fue un acto de descuido. Fue un desafío abierto.

James B. Jordan, en su comentario sobre el libro de Daniel, apunta a que la profanación de los vasos sagrados no puede entenderse como una mera acción de un borracho. Era un acto “litúrgico-político” de gran magnitud; al beber del “kelí” consagrado a Jehová y al mismo tiempo alabar a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra (v. 4), Belsasar estaba realizando una declaración pública y solemne de que los dioses de Babilonia habían derrotado al Dios de Israel, y que él, como rey, era el administrador de ese orden cósmico alternativo. ¹ No era un insulto descuidado. Era una afirmación teológica sobre quién gobierna el universo.

Esta es, en realidad, la misma declaración que resuena a través de toda la historia de los gobiernos que rechazan a Dios. Faraón la pronunció en el mismo tono desafiante:

“¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel” Éxodo 5:2

Cada gobierno tirano comienza con una variante de esta misma afirmación ontológica; la pretensión de que existe un orden legítimo sin Dios, que la soberanía política no necesita fundamento trascendente, que el poder se justifica a sí mismo. Belsasar esa noche no hacía sino repetir, con los vasos del templo en la mano, lo que Faraón había dicho siglos antes.

El argumento que quiero mostrar en este artículo es el siguiente: la inscripción “Mene, Mene, Tekel, Uparsin” que apareció en la pared del palacio de Babilonia no es un relato de juicio aislado ni un detalle profético de relleno. Es la revelación de un principio estructural intrínseco en la cosmovisión bíblica; todo gobierno que rechaza la Ley de Dios y pretende ejercer soberanía autónoma lleva en sí mismo la fecha de su propia caducidad. No como una maldición externa, sino como una consecuencia interna a la naturaleza misma del poder ejercido fuera de los límites que Dios le ha asignado.

Mene «contado»: la historia no es neutral, es administrada

La inscripción comienza con una repetición: «Mene, Mene» En la interpretación que Daniel ofrece al rey, el primer término se traduce: “Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin” (Daniel 5:26). El doble énfasis no es un accidente literario, es un recurso que indica certeza absoluta. El tiempo del reino de Belsasar no estaba siendo contado en ese momento, sino que ya había sido contado y pesado. Dios no improvisa el juicio histórico; sino que lo administra y mantiene con precisión las cuentas desde el principio.

James Jordan señala que para comprender el alcance de esta afirmación es necesario situarla dentro de la estructura “pactual-histórica” que da forma al libro de Daniel en su conjunto; rechazando la lectura dispensacionalista que interpreta los imperios de Daniel hacia un futuro indefinido y lejano. Jordan propone que el libro opera dentro de la Era de la Restauración, “el período pactual que se abría en vida del propio Daniel, orientado hacia el establecimiento del reino mesiánico.” ² En ese marco, el doble “Mene” no es simplemente el anuncio del fin de una dinastía; es un acto dentro de la administración providencial de Dios sobre la sucesión de los imperios, cada uno de los cuales recibe su tiempo, lo agota y es relevado por el siguiente eslabón en la cadena pactual de la historia.

Esto tiene implicaciones a nivel político. La historia no es un territorio neutral donde los gobiernos humanos compiten por el dominio mientras Dios observa desde una distancia segura. Es un escenario gobernado, administrado, contado. R. J. Rushdoony lo formuló con claridad:

“El rechazo de la Ley de Dios no es emancipación sino suicidio civilizacional, porque la ley bíblica es la estructura que hace posible la convivencia humana ordenada.” ³

El gobierno que rechaza esa estructura no camina hacia una nueva libertad; sino que comienza a agotar el tiempo que le ha sido asignado.

Para la Iglesia en México y Latinoamericana, que vive bajo regímenes que con frecuencia se proclaman autónomos respecto de cualquier autoridad trascendente, esta es una verdad que debería producir tanto certeza como esperanza. Certeza, porque el juicio es real y opera en el tiempo y la historia, aunque los gobernantes no lo reconozcan. Esperanza, porque ningún gobierno que desafía a Dios tiene garantizado el futuro, porque su tiempo está siendo contado, y el Señor de la historia lleva las cuentas con exactitud perfecta.

Tekel «pesado y hallado falto»: el estándar que los tiranos niegan, pero no escapan.

El segundo término de la inscripción apunta al corazón del problema: “Pesado fuiste en balanza, y fuiste hallado falto” (Daniel 5:27). La imagen es judicial en el sentido más preciso. Existe una balanza, existe un peso estándar, y Belsasar ha sido sometido a esa medida de la misma manera que los son todos los gobiernos en la tierra. El resultado es contundente: “falto”. No ligeramente deficiente, no mejorable con algunos ajustes, o como dicen algunos que quieren sonar amables “con áreas de oportunidad” sino falto en el sentido de que la discrepancia entre lo que es y lo que debería ser es irreparable.

Pero hay un detalle en el discurso de Daniel que agudiza el diagnóstico de manera significativa. Antes de revelar el significado de la inscripción, el profeta dirige al rey estas palabras: “Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto” (Daniel 5:22). La clave está en esa frase: “sabiendo todo esto”.  Jordan subraya que la culpabilidad de Belsasar no es la de quien peca por ignorancia, sino la del que peca contra el conocimiento. ⁴ Había visto lo que ocurrió con su padre Nabucodonosor (la humillación, la pérdida de la razón, el tiempo comiendo hierba entre las bestias del campo) y aun así eligió el mismo camino de orgullo y desafío. Esto es lo que agravó su culpa. No fue la necedad del ignorante sino la rebelión del que sabe.

El libro de proverbios es claro cuando hace la distinción entre el sabio y el necio, y es justamente en estos términos; el necio siendo aquel que peca deliberadamente no por falta de datos o por ignorancia, sino por lo opuesto, por saber y aun sabiendo decidir desobedecer.

“El avisado ve el mal y se esconde;

Mas los simples pasan y reciben el daño.” Proverbios 22:3

Este patrón bíblico es recurrente: el hijo que no aprende del padre. Desde Roboam hasta los sucesivos reyes de Israel y Judá que repiten los pecados de sus padres, la narrativa bíblica muestra que el juicio se agrava cuando se peca teniendo a la vista las consecuencias del mismo pecado en quienes nos precedieron. Belsasar no era un neófito que llegaba al trono sin información; era el heredero de una historia marcada por el juicio y la gracia, aspectos que deberían haber formado su carácter político. Su fracaso es, en ese sentido, un fracaso ético profundo.

Y entonces Daniel llega al centro teológico de la acusación: “Al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos, nunca honraste” (Daniel 5:23). El rey no es juzgado simplemente por haber cometido ciertos actos impíos; es juzgado por haber gobernado como si su soberanía fuera propia, como si su vida y sus caminos le pertenecieran, como si la autoridad que ejercía no le hubiera sido delegada. Esto es en esencia, la definición de la tiranía en términos bíblicos: gobernar como si Dios no existiera o gobernar en nuestros propios términos.

Esta es también la forma en que el humanismo político se constituye en toda época. No necesariamente con una negación explícita de Dios (aunque eso también ocurre) sino con la práctica de un gobierno que opera sin ninguna referencia a un estándar trascendente de justicia. Cuando el Estado se convierte en la fuente autónoma del derecho, cuando la ley positiva se declara soberana sobre cualquier norma superior, cuando el bienestar de la nación o la voluntad del pueblo reemplazan a la Ley de Dios como norma última, el resultado es siempre el mismo; el rey en turno “bebe de los vasos del templo.” La forma cambia, pero el pecado es el mismo.

Greg Bahnsen sobre esto mismo dijo:

“la neutralidad ética en el ejercicio del poder es una ilusión; todo gobierno opera sobre la base de algún estándar normativo, y la pregunta no es si habrá una ley que rija, sino cuál ley gobernará.” 5

Belsasar eligió su respuesta esa noche, y la balanza dio su veredicto.

Uparsin / Peres «dividido»: la resolución soberana.

El tercer término de la inscripción “Peres” significa dividido: “Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas” (Daniel 5:28). Es importante notar la voz pasiva: “dado”. No simplemente tomado por un ejército más poderoso, sino entregado por Aquel que tiene autoridad para redistribuir el dominio. La caída de Babilonia esa misma noche (v. 30) no es el triunfo del poder persa sobre el poder babilónico, ese enfoque seguramente sería enseñado en cualquier libro de historia de cualquier escuela del Estado; sino que es el acto de Dios de transferir la administración hacia el siguiente eslabón en la cadena pactual.

Es interesante notar que el capítulo 4 narra la humillación de Nabucodonosor seguida de su restauración; el rey es derribado, reconoce que el Altísimo es el que domina en el reino de los hombres (Daniel 4:32), y es devuelto a su trono. El capítulo 5 narra la humillación de Belsasar sin ninguna posibilidad de restauración. La diferencia estructural entre ambos capítulos no es casual: Nabucodonosor fue sometido a un juicio disciplinario, correctivo, orientado a la restauración. Belsasar recibió un juicio terminal. La razón es la que Daniel ya ha señalado, Nabucodonosor al final reconoció; Belsasar, sabiendo todo esto, nunca honró al Dios en cuya mano estaba su aliento.

Aquí hay algo que debemos considerar; los gobiernos que rechazan a Dios no son descartados de inmediato, reciben tiempo, oportunidad de corrección que les permiten mantenerse en pie durante períodos considerables. La tiranía no siempre colapsa rápido. Pero hay un punto en que el juicio deja de ser disciplinario y se vuelve terminativo, y en ese momento la retribución es inevitable.

Abraham Kuyper escribió:

“ningún gobierno humano posee soberanía absoluta, porque la soberanía pertenece únicamente a Dios, quien la delega de manera diferenciada en las distintas esferas de la vida humana.” 6

Cuando un gobierno intenta trascender los límites de la esfera de la justicia e invadir las esferas que no le corresponden (la familia, la iglesia, la escuela, la conciencia) no solo comete una injusticia particular; viola el orden que Dios ha establecido. Y ese tipo de violación no es sostenible indefinidamente. El juicio llega, de una forma u otra, porque el orden de Dios no puede ser usurpado permanentemente.

Daniel, como modelo reconstruccionista.

Algo importante a notar en la historia de Daniel y Belsasar es que se rechaza la tentación que persigue a la Iglesia; la idea de que la fe cristiana corresponde al ámbito de lo privado y lo espiritual, y que el espacio político y cultural debe dejarse operar según sus propias reglas. Daniel refuta este modelo. No huyó del orden político pagan, ni lo quiso bautizar o reformar; sirvió en la corte de Nabucodonosor, en la de Belsasar, y luego en la de Darío el Medo, estuvo dentro del sistema, pero nunca fue capturado por él.

Cuando el rey le ofrece el tercer lugar en el reino como recompensa por interpretar la inscripción, Daniel responde notablemente: “Tus dádivas sean para ti, y da tus recompensas a otros; con todo, leeré la escritura al rey” (Daniel 5:17). La negativa a recibir los honores no es un gesto de humildad personal. Es una declaración teológica; Daniel no puede aceptar beneficios de un rey cuya sentencia ya ha sido pronunciada, porque hacerlo implicaría comprometer su lealtad dentro de un sistema que está siendo desmantelado por Dios mismo. El creyente fiel no puede ser comprado por el sistema al que debe hablar y confrontar con verdad.

De hecho, en el momento en que el rey le convoca, Daniel había sido prácticamente olvidado por la corte (vv. 10-12). Es la reina madre quien debe recordarle a Belsasar que existe un hombre en su reino con espíritu de los dioses santos, capaz de interpretar sueños y revelar secretos. El gran consejero de Nabucodonosor ya no estaba en el centro del poder; era un anciano al margen del escenario político. Y sin embargo, cuando se necesita, Daniel aparece.

Esto es el modelo del intelectual cristiano comprometido con la reconstrucción cultural: no es el hombre que promueve su posición dentro del sistema para poder influir desde adentro, sino el hombre que ha cultivado su fidelidad al margen del favor político, y que por eso mismo puede hablar irreprensiblemente y con libertad cuando el momento lo requiere. La Iglesia necesita con urgencia este tipo de figuras: hombres y mujeres que han aprendido a pensar en términos de la Ley de Dios, que no dependen del reconocimiento del poder para ejercer su vocación, y que están disponibles para hablar verdad aun cuando sea costoso hacerlo.

La tiranía es insostenible.

Todo gobierno tirano es, por definición, un gobierno en estado de caducidad. No porque fracase operativamente en el corto plazo, de hecho algunos duran décadas, incluso algunos han durado siglos. El gobierno que pretende ejercer soberanía autónoma, que no honra al Dios, que profana los vasos del templo y alaba dioses de su propia fabricación, opera en contradicción con la estructura moral de la Creación. Y esa contradicción no es de ninguna manera sostenible.

La implicación práctica para la Iglesia no es pasiva. No se trata de esperar el colapso con los brazos cruzados mientras Dios hace su trabajo. Se trata de prepararse para ser lo que Daniel fue en Babilonia: una comunidad con una alternativa real, una ciudad de refugio (para usar el lenguaje que ya he mencionado) donde el inocente es protegido, donde la justicia es administrada conforme a la Ley de Dios, donde la instrucción forma hombres y mujeres capaces de ocupar el mundo sin ser capturados por sus ídolos.

La pregunta que la escritura en la pared le plantea a la Iglesia no es si los gobiernos que desafían a Dios caerán. Esa pregunta ya tiene respuesta. La pregunta es si la Iglesia estará lista para ser la alternativa que el mundo necesite cuando ese colapso llegue, cuando la fecha de caducidad se cumpla. Si habrá hombres como Daniel, capaces de hablar la verdad sin temor, de servir sin ser corrompidos, de construir sin depender del favor del rey. Esa es la tarea de la reconstrucción cristiana en nuestro tiempo; no esperar a que caduquen los gobiernos tiranos, sino prepararse para el día después de que caigan.

Notas

1 James B. Jordan, The Handwriting on the Wall: A Commentary on the Book of Daniel

2 Ibíd.

3 R. J. Rushdoony, Institución de la Ley Bíblica.

4 James B. Jordan, The Handwriting on the Wall, A Commentary on the Book of Daniel

5 Greg L. Bahnsen, Theonomy in Christian Ethics.

6 Abraham Kuyper, Lectures on Calvinism.

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