En el Antiguo Testamento Dios estableció un sistema judicial tan preciso que abracaba los aspectos que normalmente no tomaríamos en cuenta, y que incluso nuestro sistema judicial moderno no contempla, aún con todas sus innovaciones y criterios.
Uno de estos aspectos es aquel en donde incluso el inocente que accidentalmente causaba daño tenía un lugar a donde correr, donde ser protegido, instruido y juzgado justamente, para este tipo de casos, Dios estableció en su Ley el modelo de las Ciudades de Refugio. Este modelo fomentaba protección, justicia, orden e instrucción bajo Dios.
Este sistema no pretendía promover un escape de la realidad sino todo lo contrario, era un modelo que reconocía la realidad de la vida, de que la misma ha sido tocada por el pecado, en donde hay hombres perversos que buscan la justicia a su manera atacando la vida de inocentes por medio de la venganza privada.
En Números 35:9-28, Deuteronomio 19:1-14, Josué 20:1-9 se establecen los principios y propósito de estas ciudades, que podríamos resumirlos en: proteger la vida del inocente, restringir la venganza privada y preservar el proceso judicial establecido en la Ley de Dios.
En principio, estas ciudades ofrecen un escape y un lugar seguro del vengador de la sangre. Según Números 35 debían establecerse 6 ciudades repartidas en la tierra de Israel, esto con el propósito de que no solo los nacionales sino los extranjeros y todo aquel que viviera dentro de Israel tuviera este refugio; otro aspecto importante es el que leemos en Deuteronomio 19:3, que los caminos a estas ciudades debían ser accesibles, se debían limpiar los caminos, esto significa, accesibilidad en todo momento.
Algo interesante sobre estas ciudades es que eran ciudades Levíticas, ciudades apartadas para ser habitadas por levitas (Núm. 35:8). La función de los levitas era ser instructores o maestros para Israel en las cosas de Dios (Deuteronomio 33:10). En cuanto a esto, Rushdoony comenta:
“Era su tarea no solo enseñar la Ley sino hacer que la Ley fuera un refugio de la opresión”1
Y sobre la ley comenta:
“La Ley bíblica es ley casuística. El caso dado para la ley de refugio es por muerte accidental. Si en tales casos la ley es aplicada, se aplica con mucha más razón para los casos de injusticia flagrante. No es de sorprenderse que la iglesia desde sus primeros días reconoció este hecho, y muy temprano ganó reconocimiento de la gente y gobernantes también.” 2
No es debatible el hecho de que entre más crece el poder centralizado y mientras los gobernantes intentan gobernar fuera de la Ley de Dios, surgirá la tiranía. Históricamente, la Iglesia ha servido como un alivio y refugio para la opresión claro, siempre y cuando la misma está a favor de la Ley de Dios y la justicia. Es en estos términos que la Iglesia sirve como refugio en contra de la injusticia y la tiranía.
Las palabras de Faraón en Éxodo 5:2:
“Y Faraón respondió: ¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová ni tampoco dejaré ir a Israel”
Esta declaración es desafiante y desgraciadamente es la misma que se repite desde las oficinas de los gobernantes modernos, es una realidad que debemos entender, los hombres quieren una sociedad sin Dios, y como sabemos, esto solo producirá opresión e injusticia. Las ciudades de refugió son un alivio y refugio para un orden social que rechaza a Dios y a su Ley. Esto no quiere decir que son un escape de la realidad, sino que entiende la realidad de que se debe servir como refugio del vengador y a su vez de instrucción en la justicia y el orden.
La realidad de que vivimos dentro de un orden social que rechaza y desafía a Dios es una amenaza a los hombres inocentes, incluso Voltaire, uno de los pensadores hostiles hacía Dios entendió el peligro de vivir dentro de un orden social donde no hay límites, pero sobre todo donde no hay una autoridad trascendente que determine la justicia, esto lo reconoció con su famosa frase:
“Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo” 3
Así que sin una Ley que cuide y proteja al inocente, la tiranía y la injusticia prevalecerá. Entonces, estas ciudades son básicas y necesarias en un mundo donde la realidad del pecado toca cada aspecto de la vida, sin hacer acepción de personas, sean ricos o pobres, adultos o niños.
En su aspecto más práctico podemos encontrar aplicación y paralelos de estas ciudades con nuestro contexto actual, no olvidemos el principio detrás de estas ciudades, ser refugio del vengador de la sangre, en este sentido como mencioné antes, el vengador de la sangre es alguien que quiere vivir fuera del orden establecido por la ley de Dios no basándose en lo ordenado sino en el sentimiento.
En nuestro tiempo, la familia cristiana está bajo ataque por la cultura humanista, siendo el principal blanco, los hijos. Las ideologías que redefinen la identidad, la pedagogía centrada en el hombre y el Estado, la moralidad subjetiva y un completo desarraigo de la fe son algunos de los ataques en contra de la familia, especialmente contra los hijos.
Cada vez es más común encontrarse con padres que están huyendo de las escuelas del Estado, no solo por el currículo, sino por las consecuencias de este, las cuales tienen que enfrentar sus hijos, solos. Cada vez, la situación es insostenible, sobre todo para aquellos que quieren formar a sus hijos en el temor del Señor.
La escuela cristiana debe entenderse como una institución levítica porque tiene como principal función la de transmitir la cultura de Dios, así que la escuela cristiana sirve también como una ciudad de refugio, porque cumple con las funciones de estas ciudades en el antiguo Israel, la protección del inocente.
La escuela cristiana como ciudad de refugio: el paralelo institucional.
El paralelo entre las ciudades de refugio y la escuela cristiana no es una mera analogía. Es la Ley de Dios aplicada a la realidad histórica. Así como las ciudades levíticas servían como espacios donde la justicia de Dios ordenaba la vida social, la escuela cristiana está llamada a ser, en nuestro tiempo, ese mismo espacio de protección, instrucción y formación bajo la autoridad de la Escritura.
No se trata, pues, de un escape del mundo, sino de la construcción de una institución alternativa que reconoce que la batalla por la cultura comienza en la formación de las mentes de los hijos. Abraham Kuyper, al reflexionar sobre la soberanía de las esferas, afirmó con precisión que cada dominio de la vida humana tiene su propio señorío bajo Cristo:
«No hay ni un centímetro cuadrado en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre el cual Cristo, que es soberano sobre todo, no declare: ‘¡Mío!” 4
La educación no es la excepción a esta declaración, sino uno de sus campos más urgentes que debemos reclamar para Cristo.
El vengador de la sangre: la cosmovisión estatal/humanista.
En el Israel del Antiguo Testamento, el vengador de la sangre representaba a aquel que, movido por el sentimiento y no por la justicia, buscaba ejecutar su propio veredicto al margen de la Ley de Dios. Su impulso, aunque en algunos casos emocionalmente comprensible, era estructuralmente subversivo al orden, reemplazaba el proceso judicial establecido por Dios con la vindicación personal y arbitraria.
En nuestro contexto, el vengador de la sangre toma un rostro institucional, es la cosmovisión estatal/humanista que, investida de autoridad legal y pedagógica, busca moldear a las próximas generaciones conforme a una antropología radicalmente contraria a la revelación bíblica. Esta cosmovisión no actúa sigilosamente desde las sombras; sino que opera desde los ministerios de educación, los currículos oficiales y las aulas que el Estado ha declarado su dominio exclusivo.
Cornelius Van Til entendió con claridad que la epistemología no es neutral. Toda pedagogía descansa sobre presuposiciones acerca de Dios, del hombre y de la realidad, y quien controla la educación controla la formación de esas presuposiciones:
«El hombre natural, en virtud de su antipatía al Dios trino, necesariamente distorsiona la verdad en todas las áreas de la vida. No hay terreno neutral. La educación que no parte de Cristo trabaja activamente en contra de Cristo.» 5
Frente a este enemigo que no es carnal sino ideológico, la escuela cristiana se levanta como ciudad de refugio, un espacio donde el niño es protegido no de la incomodidad sino de la rebelión ontológica y moral a la que lo somete un sistema educativo construido sobre la supuesta autonomía humana. El salmo 2 lo declara con claridad:
2 Se levantarán los reyes de la tierra,
Y príncipes consultarán unidos
3 Contra Jehová y contra su ungido, diciendo:
Rompamos sus ligaduras,
Y echemos de nosotros sus cuerdas.
La escuela como institución levítica: enseñanza y justicia, dos caras de la misma moneda.
Uno de los elementos que frecuentemente son ignorados en la comprensión de las ciudades de refugio es su naturaleza esencialmente levítica. No eran simplemente ciudades estratégicas distribuidas geográficamente para facilitar el acceso del refugiado. Eran ciudades donde habitaban los levitas, cuya vocación primordial era la instrucción en la Ley de Dios. La protección que ofrecían era inseparable de la formación que impartían.
Esta unión es teológicamente significativa; en el pensamiento bíblico, la justicia no puede preservarse donde la Ley no es conocida, amada y enseñada. R.J. Rushdoony, al reflexionar sobre las implicaciones de esta dinámica, comentó:
«Toda educación es teología aplicada. Quien controla la educación de un niño, controla su concepción de Dios, del hombre, de la ley y de la historia. No existe educación neutral; toda escuela es, en su núcleo más profundo, una institución religiosa.» 6
En este sentido, la escuela cristiana es una institución levítica en su sentido más pleno. Su función no se reduce a transmitir información ni a ofrecer una alternativa académica de calidad, diversión y áreas verdes para la recreación. Su vocación es la de formar hombres y mujeres que conozcan la Ley de Dios, que la amen, que la apliquen y que sean capaces de construir civilizaciones bajo su autoridad.
El apóstol Pablo, en Romanos 12:2, llama a la renovación del entendimiento como condición para discernir la voluntad de Dios. Esta renovación no ocurre como comúnmente se dice “por osmosis”, sino que ocurre en comunidades pedagógicas que, o conforman la mente del niño al patrón del mundo, o bien la transforman conforme a la revelación de Dios. La escuela cristiana es el espacio institucional donde esa renovación puede darse de manera deliberada y sistemática.
Los caminos despejados: la accesibilidad como mandato ético.
Deuteronomio 19:3 contiene un detalle que podría pasar inadvertido pero que es, desde una perspectiva teonómica, de gran importancia. Los caminos hacia las ciudades de refugio debían ser despejados y accesibles. Esta no era una cuestión meramente logística; era una exigencia en términos de justicia, porque de nada servía la existencia de un refugio si el inocente no podía llegar a él a tiempo.
La aplicación de este principio a la educación cristiana es clara. Una escuela cristiana que existe pero que permanece inaccesible (ya sea por razones económicas, burocráticas, geográficas o simplemente por falta de comunicación) falla en su vocación de refugio. Los caminos deben estar despejados.
Greg Bahnsen, en su desarrollo de la ética teonómica, enfatizó que la Ley de Dios no es un sistema de principios abstractos sino de normas concretas que regulan la vida institucional de la comunidad del pacto. Una comunidad que conoce la justicia, pero no la hace accesible, viola el espíritu mismo de la Ley que profesa. En términos prácticos, esto implica que las iglesias y comunidades cristianas deben considerar seriamente cómo hacen posible el acceso a la educación cristiana para las familias que más lo necesitan.
La educación cristiana no puede convertirse en un privilegio de élite intelectual o económica. Debe ser, como los caminos del Israel antiguo, despejada y abierta a todo aquel que huye del desorden y busca el orden que solo la Ley de Dios puede proveer.
Vida bajo autoridad.
El fugitivo que llegaba a una ciudad de refugio no significaba que tenía hospedaje en un lugar seguro y de ahí dejado a su suerte. Debía permanecer en la ciudad hasta que se diera el juicio definitivo de su caso o hasta la muerte del sumo sacerdote. Esta permanencia no era un castigo; era una forma de disciplina formativa. El hombre vivía bajo la supervisión de los levitas, bajo la autoridad de la Ley y dentro de una comunidad estructurada por el orden de Dios.
Este aspecto es pedagógicamente revelador. La formación genuina no puede darse en la ausencia de estructura y autoridad, sino precisamente dentro de ellas.
Dentro de la comunidad educativa, merodea la idea de que entre menos disciplina y autoridad, el niño responderá de mejor manera a la instrucción, pero simplemente no es así, si somos congruentes con una cosmovisión bíblica, esta idea no solo no funciona, sino que desvía al niño del verdadero propósito de la educación, instruir al niño con las herramientas para entender la realidad y para capacitarlo para el servicio bajo Dios, es decir, ¡bajo autoridad! El niño que asiste a una escuela cristiana no ingresa a un espacio de libertad sin límites. Ingresa a un espacio donde la autoridad es legítima, la disciplina es amorosa y el orden es intencional (Romanos 13). Rushdoony lo expresó con claridad:
«La libertad no es la ausencia de ley sino la conformidad con la ley justa. Donde la Ley de Dios gobierna, allí hay libertad; donde gobierna la autonomía humana, allí hay esclavitud disfrazada de liberación.» 7
La escuela cristiana junto a los padres educa, no solo académicamente sino en carácter, en paciencia, en sumisión a la autoridad legítima, en responsabilidad personal, en perseverancia. Estas no son virtudes periféricas; son las virtudes sobre las que se construye la civilización cristiana.
La autoridad del Sumo Sacerdote.
En la tipología de las ciudades de refugio, la figura del sumo sacerdote ocupa un lugar central. Su muerte representaba una especie de expiación corporativa que liberaba al refugiado de su confinamiento y le permitía regresar a su heredad. Esta tipología apunta inevitablemente a Cristo, el gran Sumo Sacerdote cuya muerte no solo expía el pecado, sino que establece un nuevo orden en el cual la justicia de Dios irrumpe sobre la historia.
La escuela cristiana opera, pues, bajo el señorío de este Sumo Sacerdote. No es una institución meramente religiosa en el sentido moderno; sino que es una institución que reconoce que toda autoridad en el cielo y en la tierra ha sido dada a Cristo (Mateo 28:18) y que por tanto, toda instrucción que no se someta a ese señorío es, en última instancia, una forma de rebelión.
Kuyper dejó plasmada esta convicción con claridad:
«Si la ciencia ha de ser ciencia, debe reconocer al Logos como el principio de toda existencia y de todo conocimiento. Una ciencia que prescinde de Dios no es ciencia sino ideología.» 8
Por esta razón, la escuela cristiana no puede contentarse con añadir una clase de Biblia a un currículo secular. Toda su estructura, su epistemología, su pedagogía y su ética deben estar integradas bajo el reconocimiento explícito del señorío de Cristo. Es el Verbo encarnado quien da coherencia a la totalidad del conocimiento humano, y es en torno a Él que debe organizarse la educación cristiana. Proverbios 1:7 declara que el principio de la sabiduría es el temor de Jehová, esto quiere decir que el temor del Señor, el reconocer que estamos bajo su Palabra, que no somos autónomos, es el fundamento de todo conocimiento y entendimiento, es el principio ontológico, no cronológico.
Los maestros como levitas: guardianes doctrinales y formadores morales.
En el Israel, el levita no era simplemente un funcionario religioso. Era el guardián o protector del conocimiento de Dios para el pueblo. Deuteronomio 33:10 le atribuye la función de enseñar las ordenanzas de Dios a Jacob y la Ley a Israel. Esta función lo situaba en el centro de la vida social y cultural de Israel, no en su periferia.
Los maestros de la escuela cristiana heredan esta vocación levítica. No son proveedores de servicios educativos; son formadores de hombres y mujeres para el servicio dentro del Reino de Dios. Su trabajo no termina cuando suena el timbre ni se limita al dominio de una disciplina académica. Son, en el sentido más pleno del término, pastores pedagógicos que administran la Palabra de Dios en el aula.
Esta comprensión tiene implicaciones prácticas concretas; los maestros de una escuela cristiana deben ser personas que amen la Ley de Dios, que comprendan la cosmovisión bíblica en sus implicaciones para cada disciplina del conocimiento, que sean capaces de articular con claridad y seguridad por qué las matemáticas, la historia, la literatura y las ciencias solo encuentran su sentido último en la revelación de Dios. Van Til insistió en que la distinción entre creyentes e incrédulos no es meramente moral sino epistemológica:
«El creyente y el incrédulo no difieren solo en lo que creen, sino en cómo conocen. La regeneración transforma no solo la voluntad sino el entendimiento, y esta transformación debe reflejarse en cada disciplina del conocimiento humano.» 9
Un maestro que no ha integrado su fe con su disciplina es, en el mejor de los casos, un profesionista que trabaja para una institución cristiana. Un maestro levítico es aquel cuya identidad pedagógica es inseparable de su identidad como cristiano.
Conclusión.
Las ciudades de refugio del Antiguo Testamento no surgieron espontáneamente de la buena voluntad del pueblo de Israel. Fueron establecidas por mandato explícito de Dios, diseñadas con precisión y ubicadas estratégicamente. Fueron, en el sentido más concreto del término, una institución de justicia construida en medio de un mundo tocado por el pecado.
La escuela cristiana, como ciudad de refugio contemporánea, tampoco surgirá por inercia cultural ni por el mero lamento ante el deterioro de la educación secular. Debe ser construida con la misma intención, con la misma conciencia teológica y con el mismo compromiso multigeneracional que las ciudades de refugio en el Antiguo Testamento.
Si la iglesia y los padres rechazan esta responsabilidad, entonces alguien más educará a los niños. Alguien inscribirá una ley en sus corazones. Alguien les dirá quiénes son, de dónde vienen, a qué han sido llamados y con qué criterio deben juzgar la realidad. La única pregunta que permanece abierta es si esa ley será la de Dios o la del Estado.
Rushdoony, dejó escrito en su libro “The Philosophy of the Christian Curriculum” la disyuntiva en términos claros:
«No hay neutralidad en la educación. Toda escuela es una institución religiosa que forma al niño conforme a alguna visión de Dios, del hombre y de la ley. La única elección real es: ¿cuál dios? ¿cuál hombre? ¿cuál ley?» 10
Educar cristianamente, en definitiva, no es una opción entre otras dentro del menú de posibilidades educativas modernas. Es un acto de fidelidad al pacto, una forma de obediencia a la Gran Comisión y una declaración pública de que Cristo es Señor, no solo de las almas individuales sino de toda institución que forme al ser humano para vivir en su mundo.
Las ciudades de refugio fueron construidas en Israel. Las ciudades de refugio del siglo XXI deben ser construidas por la Iglesia. El material de construcción sigue siendo el mismo: la Ley de Dios, la instrucción fiel y la confianza de que nuestro Sumo Sacerdote gobierna la historia.
Notas
1. R.J. Rushdoony, Christianity and the State (Vallecito: Ross House Books, 1986), p.61.
2. R.J. Rushdoony, Christianity and the State (Vallecito: Ross House Books, 1986), p.61.
3. Voltaire, «Epístola al autor del libro de los tres impostores» (1769)
4. Abraham Kuyper, «Soberanía en la propia esfera», discurso inaugural de la Universidad Libre de Ámsterdam (1880).
5. Cornelius Van Til, The Defense of the Faith (Philadelphia: Presbyterian and Reformed Publishing, 1955), p. 197.
6. R.J. Rushdoony, The Philosophy of the Christian Curriculum (Vallecito: Ross House Books, 1981), p. 15.
7. R.J. Rushdoony, The Institutes of Biblical Law, vol. 1 (Vallecito: Ross House Books, 1973), p. 449.
8. Abraham Kuyper, Encyclopedia of Sacred Theology (New York: Scribner’s, 1898), p. 341.
9. Cornelius Van Til, A Christian Theory of Knowledge (Philadelphia: Presbyterian and Reformed Publishing, 1969), p. 43.
10. R.J. Rushdoony, The Philosophy of the Christian Curriculum, p. 172.


