Hay una teoría política que circula y todo aquel que la cree piensa de la misma como si fuera casi una ley natural: cuando la izquierda gobierna y fracasa, la balanza se inclina hacia la derecha; cuando la derecha gobierna y fracasa, la balanza regresa. Y así indefinidamente, de fracaso en fracaso, de promesa en promesa, de eslogan en eslogan. Lo llaman “la teoría del péndulo”. Lo presentan como sabiduría política. Su origen se inspira en la dialéctica de Hegel, donde el juego eterno de tesis/antítesis es la única manera de encontrar una nueva verdad y superación. El problema básico de la dialéctica de Hegel es que siempre comienza con la razón del hombre, el suelo en el que construye su realidad no es más que arena, y ¿quién en su sano juicio construiría su vida sobre la arena? un necio.
Esta teoría es en realidad, la descripción más precisa del movimiento de un péndulo encadenado: oscila, pero no va a ningún lado.
Lo que nadie se pregunta es por qué el péndulo siempre regresa al mismo punto.
La respuesta es incómoda porque la izquierda y la derecha son dos caras de la misma moneda. Esa moneda se llama estatismo. Y el estatismo no es una posición política, es una religión. Es la fe en la que el Estado es el redentor de la sociedad, el árbitro final de la justicia, el proveedor de recursos, la garantía de la prosperidad. La izquierda lo promueve y lo grita cada vez que puede, en cada asamblea, marcha y eslogan. La derecha por otro lado lo hace en silencio. Pero ambos adoran en el mismo templo.
En palabras de Rushdoony, “la crisis de occidente no es económica ni política en su raíz, es teológica.” Toda sociedad construye su orden sobre algún absoluto. Cuando ese absoluto no es Dios, sin duda será el Estado. Y el Estado que ocupa el trono de Dios no puede sino exigir lo que solo Dios puede cumplir, y castigar lo que solo Dios puede juzgar. El resultado es siempre el mismo: tiranía, colapso, y la búsqueda del próximo salvador con diferente color y bandera.
El péndulo del que hablo no está apuntando hacia la libertad, sino que está midiendo el agotamiento de los pueblos que han abandonado a su Creador y Rey.
Visto desde otro ángulo, el problema del estatismo no es solo que produce malos resultados, su problema es que parte de una premisa antropológica falsa. Asume que el hombre es fundamentalmente un ser político, que su identidad y destino se juegan en la arena del poder estatal, en las urnas. Desde esa premisa, la única pregunta posible es quién controla el Estado. Izquierda o derecha. Nosotros o ellos. Y así el juego nunca termina, porque todos asumen vivir entre esta dicotomía inagotable y eterna.
La alternativa bíblica no es más Estado ni el libertinaje, sino el autogobierno bajo Cristo.
El principio de la soberanía de las esferas (familia, iglesia, gobierno civil), cada una con autoridad delegada y límites definidos por la ley de Dios, desbarata estructuralmente la pretensión de soberanía del Estado moderno. El Estado no puede ser redentor porque la redención ya tiene un autor. No puede ser proveedor porque la provisión está garantizada por el Señor. No puede ser juez final porque hay una ley que lo precede y que es trascendente. La pregunta no recae sobre si la derecha o la izquierda son la mejor opción, sino bajo que ley vamos a vivir y a regir nuestras vidas, y créeme, esa pregunta no la encontrarás en una papeleta electoral, porque ya viene implícita.
Y aquí llegamos al fondo del asunto.
El péndulo izquierda-derecha no es solo una trampa política, es una trampa ética y moral. Mantiene a las naciones en un ciclo perpetuo de esperanza y decepción, de reforma y corrupción, sin que nadie pregunte si el sistema mismo es el problema. Mantiene a los hombres (incluidos ceyentes) votando, debatiendo, eligiendo entre estatismos, convencidos de que la próxima elección lo cambiará todo. Y mientras tanto, la Iglesia abandona su mandato real: no elegir al próximo gobernante sino formar el carácter de una nación bajo la Ley de Dios.
Porque la ley de Dios no es un código moral para individuos piadosos. Es el único sistema político legítimo. Es la única estructura que no necesita reemplazarse cada cuatro o seis años porque no descansa en la promesa de un hombre sino en el carácter inmutable del Legislador. Es el único fundamento sobre el cual una civilización puede construirse sin colapsar, porque no le pide al Estado lo que solo Dios puede dar, ni le pide al hombre lo que solo la gracia puede producir.
El péndulo seguirá oscilando incansablemente mientras los pueblos sigan buscando en el poder humano lo que solo encontrarán bajo el gobierno de Cristo.
La Iglesia tiene una sola tarea política: dejar de ser espectadora y partícipe del vaivén del péndulo y empezar a construir la ciudad de Dios.


