América Latina no padece de escasez de discursos morales, sino todo lo contrario vive saturada de ellos. La política habla constantemente de justicia, economía, la religión de amor, educación de valores. Sin embargo, los resultados son los mismos, instituciones débiles, corrupción normalizada y sociedades atrapadas en círculos viciosos de dependencia. La pregunta que surge es, si los discursos y las promesas aparentemente dibujan la solución y parecen ser la salida, entonces ¿porqué los frutos no corresponden a las promesas?
El problema no es la falta de ideas o programas ingeniosos y estudiados, sino la ausencia de discernimiento.
En nuestro tiempo, discernir suele confundirse con una impresión personal o una preferencia subjetiva. Pero la enseñanza bíblica nos dice que es un acto de juicio objetivo. En Lucas 6 Jesús presenta un principio simple, pero a su vez profundo y muy revelador, cada árbol se conoce por su fruto, el fruto es el que nos revela el árbol; así que no se trata de evaluar intenciones, emociones ni discursos sino resultados concretos y verificables.
La carta a los hebreos declara que un hombre ha alcanzado la madurez cuando se ha ejercitado en el discernimiento entre lo bueno y lo malo (Hebreos 5:14), de lo contrario sigue siendo un niño; entonces parece que los resultados son los mismos siempre porque vivimos en medio de una sociedad de niños jugando a ser grandes. La norma que el hombre maduro ha usado constantemente para evaluar y discernir entre lo bueno y lo malo es la ley de Dios, el hacerla a un lado implica permanencia indefinida en la niñez y, como consecuencia, los mismos resultados.
Este estándar de evaluación elimina una de las ilusiones más persistentes de nuestra cultura, la idea de que una causa noble puede justificar frutos corruptos. Un árbol malo no produce buen fruto, aunque se le adornen las ramas con consignas con apariencia de justicia. La enseñanza de Jesús en Lucas 6 usando un ejemplo simple (que incluso un niño pequeño podría entender), muestra la imposibilidad de producir frutos buenos de un árbol que simplemente no los puede producir, y esta enseñanza nos ayuda también a entender que existe una unidad inherente entre el fruto y el árbol, en este caso entre el corazón del hombre y sus acciones.
Justamente, muchos de los errores políticos, económicos y religiosos en America Latina nacen de confundir el árbol o sus ramas con los frutos, de no entender lo que Jesús estaba enseñando, sobre esta unidad inseparable entre ambos. Se juzga el árbol por sus ramas y no por su fruto. Por ejemplo, se alaban programas sociales abanderados por un lenguaje compasivo y empático, aunque estos generen dependencia crónica (lo cual es un resultado verificable), gobernantes y aspirantes a, que son alabados por su retórica moral, aunque su práctica a ojos de todos esté marcada por el abuso y la corrupción.
El problema no es la falta de información y evidencias, sino de discernimiento.
En el mismo capítulo 6 de Lucas, Jesús no prohíbe el juicio, sino que prohíbe juzgar hipócritamente. Para evaluar de manera correcta y poder emitir un juicio recto es necesaria una introspección judicial, esto con el fin de aclarar la vista y poder servir como juez y evaluar el fruto ajeno. Cuando se abandona este estándar tenemos gente con vigas en los ojos que son incapaces de discernir entre lo bueno y lo malo y como consecuencia, la corrupción, la injustica, y demás males dejan de ser la anomalía en la creación y se vuelven la realidad gobernante.
En este estado, el fin justifica los medios y esto es evidencia de que la ley de Dios dejó de ser el criterio de juicio para dar lugar a la conveniencia.
Aunque el fruto es la evidencia, el árbol requiere también ser evaluado ya que ambos están unidos. El árbol en esta parábola hace referencia al corazón del hombre, y el corazón es un depósito donde se interioriza la ley que lo gobierna, de ese tesoro, nacen las palabras, acciones, decisiones e incluso las instituciones. Entonces, este principio no solo se limita al hombre, sino que abarca a las instituciones también, la enseñanza de Jesús tiene su aplicación mas allá de lo privado.
Las instituciones también tienen un “corazón”, un credo que se expresa en sistemas judiciales, en modelos educativos y en estructuras económicas.
Naciones que rechazan la ley de Dios abandonando su deber de discernir supliéndolo por el intento de producir justicia a través de programas y leyes caen en una contradicción de legislar contra los síntomas ignorando la raíz. Porque el problema del hombre no es intelectual, ni material sino moral.
El discernir en términos de la ley de Dios es un deber moral, el acto de abandonarlo solo se le puede llamar rebelión y traición al orden social de Dios, y esto siempre lleva a la decadencia cultural y a la esclavitud.
Este estándar que nos dejó Jesús es la herramienta para evaluarnos, para evaluar al prójimo y para evaluar a la cultura, ya que el fruto revela la fe, la ética revela la ley, y la ley revela al dios que una cultura sirve.
Por lo tanto, el llamado es a restaurar el juicio conforme a la ley de Dios en cada esfera de la vida; la sociedad se comienza a reconstruir cuando se vuelve a juzgar correctamente; el fruto revela el credo, siempre lo ha hecho.


