«

»

May 04

“Y En Una Santa Iglesia Local”: La Ghettoización del Protestantismo (Parte 1)

“Y En Una Santa Iglesia Local”: La Ghettoización del Protestantismo [1]

(Parte 1)
Por Bojidar Marinov, Traducido por Youseff Derikha. Mail: youseffderikha@gmail.com

1       Introducción

Sabiendo el nivel general de la sensibilidad emocional en la iglesia americana moderna en general, y en las iglesias reformadas en particular, necesito comenzar este artículo con una negación: Mientras que este artículo es un comentario en una cita de Jeff Durbin, pastor de Iglesia Apología, no es de ninguna manera una evaluación de la persona de Jeff Durbin, y no es de ninguna manera una evaluación de su ministerio. Sé muy poco acerca de su persona (habiéndole conocido sólo una vez), y sé aún menos sobre su ministerio. No lo sigo, y lo que sé, lo sé por testimonios de otras personas. Tengo la impresión general de que es un ministerio bueno y legítimo, algo básico, pero beneficioso para un número de personas. También debo decir sobre la cita específica que estaré discutiendo, no sé cuál es su contexto específico. Es un estado de Facebook, por lo que sólo se puede adivinar cuál es el contexto. A mi juicio, dado algunos desarrollos de los últimos dos años, es que la cita fue dirigida en contra de Abolir el Aborto Humano (AHA por sus siglas en inglés), ya que algunas de las acusaciones específicas coinciden con las acusaciones que Jeff y sus asociados han estado levantando contra AHA.

No estoy tratando de defender a AHA aquí, aunque, debo mencionar, nunca he sido capaz de entender esta amarga hostilidad contra ellos; ni tampoco entiendo las acusaciones en contra de ellos. Sé que Jeff Durbin tiene una organización pro-vida con la que él está intentando ganar terreno, y yo sinceramente tengo esperanza y oro para que él tenga éxito. Pero por qué tener que ir apaleando a AHA todavía me causa extrañez. Como parte de esta negación, soy de hecho parcial a AHA por muchas razones. Una es personal: todos mis mejores amigos son abolicionistas (Ya sé, ya sé, este cliché de nuevo). Otra es misionera: Logran resultados, y eso a un costo casi nulo. Otra es ética: son valientes, y valoro el valor dondequiera que lo vea. Otra más y que podría llamar “psicológica”: Prefiero trabajar en un entorno de compañeros de igual rango, cada uno de los cuales sabe lo que está haciendo. Me canso en un ambiente de “líderes” y “seguidores”. Rechazo el modelo de “líder-seguidor” incluso en mi campo misionero en Bulgaria, donde todos creen que soy un “líder” porque he fundado la misión. AHA es exactamente ese tipo de organización de compañeros de trabajo, que exactamente se adapta a mis preferencias. Así que admito, soy parcial. Pero, de nuevo, puedo estar equivocado, y la cita no puede estar relacionada con ellos. De cualquier manera, ninguno de los siguientes análisis es personal, y ninguno se aborda en el ministerio de Jeff Durbin. Por lo tanto, si cualquier lector es rápido para ofenderse, relájese, y lea lo que realmente tengo que decir.

Lo que es más importante es que la cita tiene cierto contenido teológico y eclesiológico. Y este contenido se basa en ciertos presupuestos, así como en ciertos orígenes históricos. Y también conduce a ciertas conclusiones prácticas. Lo que argumento en este artículo es que Jeff Durbin ha adoptado la teología detrás de su cita por la inercia, influida por el paradigma dominante en las iglesias reformadas modernas, pero no se ha detenido a considerar ni los presupuestos ni las conclusiones. La cita sostiene una eclesiología que se ha introducido recientemente en el mundo reformado, se basa en una idea falaz, y ha demostrado ser destructiva para las iglesias reformadas. Así que mi propósito con este artículo es invitar a Jeff Durbin a considerar el origen falaz y las consecuencias destructivas de esa eclesiología, y cambiar sus compromisos y creencias en consecuencia. Tengo que añadir, no habría prestado atención a lo que dijo si no hubiera llegado a mi escritorio por al menos una docena de amigos que me pidió mi opinión. Así que supongo que la cita ha ganado cierta popularidad y, por lo tanto, los peligros de su teología falaz deben ser abordados, para evitar la futura destrucción de la iglesia.

Las palabras de Jeff son las siguientes:

Facebook está lleno de “Facebook Profetas”. Estas son personas que no forman parte de la iglesia local, pero insisten en dar la visión y la sabiduría bíblicas a aquellos que en realidad forman parte del diseño de Dios para los creyentes: adoración corporativa, comunión, bajo el cuidado de pastores, etc. La Biblia puede ser una cosa peligrosa en manos de aquellos que desprecian la autoridad, no están involucrados en la vida del cuerpo, y actúan como renegados. Somos prudentes para evitar la “revelación” de las personas que se niegan a participar en la parte más fundamental de la vida de un cristiano: la iglesia local. Dios nos dio unos a otros por una razón. Si no amamos a la iglesia, no amamos a Jesús.

Esta opinión no es algo nuevo (aunque, es relativamente nuevo en la historia de la iglesia, como veremos), y es aceptada por inercia por casi todas las personas hoy en día que de una manera u otra alcanzan alguna posición de autoridad en la iglesia -o, más bien, para ser más precisos, alguna posición de poder legal en la iglesia.[2] Esta opinión se basa en varias suposiciones hechas por la fe eclesiástica moderna. En primer lugar, asume que la iglesia local es lo mismo que la iglesia, de ahí el concepto de ser una “parte” de la iglesia local. Segundo, asume que la iglesia visible y la invisible son idénticas. Tercero, asume que estar bajo gobierno de iglesia formalmente ordenado es obligatorio -y si uno no lo es, por lo tanto “menosprecia la autoridad”. Y cuarto, y la más arrogante y orgullosa suposición de todas, asume que Dios sólo corregirá a Su Iglesia a través de una institución formal de burocracia humana dentro de la iglesia, y nunca por medios externos.

Todo esto, a final de cuentas, descansa en un solo concepto: la llamada “membresía de la iglesia local”. O, como se conoce hoy en algunas iglesias reformadas, “pacto de la iglesia local”. Quítese ese concepto y las cuatro suposiciones se desintegran. Así que enfocaré mi análisis en el concepto de “membresía local de iglesia” obligatoria -su historia, su teología y sus consecuencias- y luego también cubriré los supuestos anteriores. Y más. Entonces empecemos.

2       Confesionalismo Medio Bautista

En su insistencia en la membresía de la iglesia local, o “ser parte de la iglesia local”, en la superficie, parece que Jeff Durbin está de acuerdo con la tradición Bautista y el Confesionalismo Bautista Reformado. La “membresía de la iglesia local” obligatoria es de hecho una parte integral de la tradición bautista. Y no es sólo la tradición, sino que de hecho está codificada específicamente en lo que podemos llamar la última Gran Confesión Bautista Reformada, a saber, la Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689. Como es bien sabido, la Confesión Bautista de 1689 se basó en la Confesión de Westminster De 1647, y la sigue casi palabra por palabra, excepto en el capítulo del bautismo. Y también, en otro capítulo: el De la Iglesia (capítulo 25 en el CFW, capítulo 26 en el LBCF). Los cambios en ese capítulo son enormemente significativos: Cuando la CFW habla en sólo seis artículos, y no ve nada más que la iglesia universal, dejando el tema de las congregaciones locales a los estándares no confesionales, la CBF tiene 15 artículos, de los cuales 11 específicamente esbozan la forma, la composición, el gobierno y muchas otras características específicas de las iglesias locales. Esta es una línea muy clara de separación entre confesionalismo presbiteriano/congregacionalista por un lado y confesionalismo bautista por el otro. Contrariamente a lo que muchos suponen, el presbiterianismo permite mucha más libertad cuando se trata de formas eclesiásticas -y veremos más adelante que las denominaciones presbiterianas modernas difieren sustancialmente en su visión del gobierno y la membresía de la iglesia. En cuanto a los bautistas, están obligados confesionalmente a una visión muy específica de la membresía de la iglesia, por su propia confesión. El lenguaje de la Confesión de Londres es particularmente fuerte en este sentido:

   En el ejercicio de este poder que le ha sido confiado, el Señor Jesús, a través del ministerio de su Palabra y por su Espíritu, llama a sí mismo del mundo a aquellos que le han sido dados por su Padre para que anden delante de él en todos los caminos de la obediencia que él les prescribe en su Palabra. A los así llamados, les ordena andar juntos en congregaciones concretas, o iglesias, para su edificación mutua y la debida observancia del culto público, que él requiere de ellos en el mundo. (26:5).

La Confesión no ofrece un solo versículo bíblico que enseña claramente tal “orden”. Los teólogos bautistas posteriores admiten que no existe tal versículo bíblico. (Incluso John Macarthur, con toda su insistencia en la “membresía de la iglesia”, admite que la Biblia nunca habla de ella). Los teólogos presbiterianos modernos que apoyan el concepto de mandato de “membresía de la iglesia local” también admiten que no hay verso que explícitamente enseña tal “membresía de la iglesia local”. El argumento bíblico más fuerte para esa “membresía” que fue usado tiempo atrás fue Hechos 2: 41-42; Pero el texto claramente no habla de tal pacto de la iglesia local. (¿Cómo organizaron exactamente una “iglesia local” de miles de personas dentro de las limitaciones estrechas de Jerusalén?). En ninguna otra parte de la Biblia hay nada que sugiera una forma de compromiso de pacto especial a un cuerpo local que es diferente, separado de, o sobreañadido al pacto de gracia hecho con la Iglesia universal, en general, en el bautismo.

Y esto fue escrito por el mismo grupo que rechazó el bautismo infantil porque no vieron ningún mandamiento específico para ello en la Escritura. Suena esquizofrénico que manden como obligación ser miembros de la iglesia local sin un mandato explícito en la Escritura. De hecho, es esquizofrénico, y veremos más adelante por qué los bautistas ingleses tuvieron que ir por este camino. Por ahora, recordemos que las Confesiones, aunque importantes, no son perfectamente confiables. Son siempre una mezcla de interpretaciones correctas e incorrectas, a menudo tienen presentes consideraciones pragmáticas incluidas en ellas, y son con frecuencia autocontradictorias, especialmente en aquellas partes donde se desvían de la Palabra de Dios, o tratan de forzar una interpretación sobre ella.

Pero incluso si ignoramos por ahora esta falta de pruebas bíblicas, otro problema aparece, a saber, que, aunque las iglesias bautistas de hoy pueden insistir en la cláusula de membresía de la Confesión, evitan respetar otra cláusula, la de liderazgo. La pregunta es: ¿cómo se define una congregación local? Uno puede llegar a ser miembro de cualquier congregación, pero ¿cómo saber cuál congregación es una congregación real? ¿Cómo sabemos que la Iglesia Apología es una congregación real? Obviamente, ser un “miembro” de cualquier cosa que dice ser una “congregación local” no lo hará: ¿puede uno ser miembro de una “congregación” mormona? El LBCF tiene una definición, y es una definición basada específicamente en la distinción de clases dentro de la congregación local:

   Una iglesia local, reunida y completamente organizada de acuerdo con la voluntad de Cristo, está compuesta por oficiales y miembros; y los oficiales designados por Cristo para ser escogidos y apartados por la iglesia (así llamada y reunida), para la particular administración de las ordenanzas y el ejercicio del poder o el deber, que él les confía o a los que los llama, para que continúen hasta el fin del mundo, son los obispos o ancianos, y los diáconos. (25:8).}

La existencia de ancianos en la iglesia es legítimo. Pero, ¿cómo se eligen? ¿Cómo sabemos que ciertos ancianos particulares son legítimos, y por lo tanto su iglesia particular es legítima? ¿Cómo sabemos que Jeff Durbin es un anciano legítimo cuyo ministerio hace que la iglesia sea legítima? El artículo siguiente da la respuesta del Bautista:

   La manera designada por Cristo para el llamamiento de cualquier persona que ha sido calificada y dotada por el Espíritu Santo para el oficio de obispo o anciano en una iglesia, es que sea escogido para el mismo por la votación común de la iglesia misma, y solemnemente apartado mediante ayuno y oración con la imposición de manos de los ancianos de la iglesia, si es que hay algunos constituidos anteriormente en ella… (25:9)

Aquí está el argumento: Usted debe unirse a una iglesia local. Usted sabrá que es una iglesia local si tiene ancianos. Si no tiene ancianos, puede nombrarse ancianos, y así será una iglesia local.

El problema: Antes de que haya ancianos, ¿es una iglesia? Si es así, ¿por qué la Confesión dice lo contrario? Si no lo es, porque no tiene ancianos, ¿a qué se está uniendo y por qué? Obviamente, los autores de la Confesión de Londres se desviaron de la Biblia colocando en sus rebaños y miembros una carga que la Biblia no coloca. Pero cualquier desviación de la Biblia inevitablemente crea contradicciones lógicas en el pensamiento y la práctica. Así, crearon un enigma para las generaciones futuras de Bautistas.

El resultado de ese enigma es que nadie sabe realmente si un grupo que se llama a sí mismo una “iglesia Bautista” es realmente una iglesia Bautista. ¿Es Apología una iglesia verdadera? En caso afirmativo, ¿de qué nivel? ¿Porque tiene ancianos? ¿Son legítimos estos ancianos? ¿Cómo sabemos? ¿Y cómo sabe Jeff que la gente que él critica no es “parte de una iglesia local”? En cualquier grupo de dos, si uno de ellos es “elegido por el sufragio común de la misma iglesia”, tal persona es tan legítima como Jeff Durbin. O tanto como un anciano ilegítimo como es Jeff Durbin. Lo que es válido para uno, es válido para el otro también.

Este enigma es bien conocido por todos los “ministros” bautistas que pretenden ser “confesionales”. Nadie sabe si alguno de ellos sabe si realmente son ministros legítimos de la iglesia. ¿Es legítimo John McArthur? ¿Quién sabe? ¿Es Franklin Graham legítimo? Pues bien, él fue elegido para ello por su padre. . . Pero ¿es legítimo su padre? Por eso, cuando se trata del capítulo 26, todos los ministros bautistas “confesionales” se vuelven confesionales: confesionales sólo cuando necesitan imponer la carga de “membresía” sobre sus miembros, pero callados cuando deben demostrar que su autoridad es legítima. A fin de cuentas, es la presencia mediática de uno y la influencia las que “legitima” a un ministro -y aquí es donde está el origen de la adoración de la celebridad moderna.

Los primeros bautistas comprendieron este enigma y buscaron una solución. Originalmente, la solución era volver a la excusa romana y ortodoxa oriental de la “sucesión apostólica”. Esto no es una broma, sí, por dos siglos y medio los bautistas sostuvieron la misma visión de la legitimidad de la autoridad como los papistas: una sucesión de Imposición de manos en las iglesias bautistas desde el tiempo de Cristo hasta nuestros días. (Recuerdo a un misionero bautista en Bulgaria a principios de los noventa, discutiendo con un sacerdote ortodoxo oriental acerca de quién tenía una mayor reivindicación de la sucesión apostólica). La teoría se llamaba “perpetuidad bautista” y era muy popular entre los miembros de las filas Bautistas en los Estados Unidos. En la segunda mitad del siglo XIX, varios eruditos bautistas comenzaron a refutar este mito de perpetuidad bautista. Sin embargo, el cambio no fue pacífico. En un caso, William Whitsitt, profesor del Seminario Teológico Bautista del Sur, se vio obligado a dimitir en 1899, después de probar de fuentes históricas que los bautistas ingleses no practicaban la inmersión antes de 1641. Incluso después de que la teoría de la perpetuidad bautista fue refutada por los eruditos, El mito siguió viviendo en la imaginación popular bautista. En 1931, James Milton Carroll, un pastor bautista de Texas, publicó un pequeño libro que seguía siendo popular entre muchos Bautistas hasta el día de hoy: The Trail of Blood. En él, él defendió una sucesión ininterrumpida de iglesias bautistas y ministros de los Apóstoles. Su lista de bautistas en la historia incluyó incluso grupos abiertamente heréticos como los cátaros, los albigenses, los paulicianos, etc. No es tan extraño como parece que un ministro bautista elegiría identificarse con tales grupos, recordemos que en nuestros días, John MacArthur también hizo esas identificaciones con grupos heréticos en el pasado. Hay una buena razón para ello: Confiar en la sucesión apostólica parece resolver el enigma planteado en la Confesión. Por supuesto, a costa de perder la integridad teológica.

Pero la evidencia histórica contra este mito de perpetuidad bautista es demasiado fuerte para ser ignorada, y en el siglo 20, la mayoría de los Bautistas la han abandonado. La Declaración Bautista de Fe de 1966, una nueva declaración moderna de la CFB de 1689 por los Bautistas Reformados, omite por completo la mención de “imposición de manos” por los ancianos ya existentes. Toda elección es hecha ahora por la congregación:

   El nombramiento de ancianos (incluyendo pastores) y diáconos, para el cargo dentro de la iglesia local, y de predicadores y misioneros para la obra de evangelismo es responsabilidad de la iglesia local bajo la guía del Espíritu Santo. La ordenación del Señor es reconocida tanto por la experiencia de la convicción interior como por la aprobación de la iglesia observando la posesión de los dones y gracias requeridos por la Escritura para el oficio en cuestión. El llamado así debe ser separado por la oración de toda la iglesia (Declaración Bautista de la Fe, 1966 “La Doctrina de la Iglesia”, Art. 5).

Sin embargo, esto no resuelve el problema lógico y teológico. Por supuesto, primero tenemos la cuestión de ignorar una doctrina bíblica básica, “imposición de manos”, mencionada entre las “enseñanzas elementales” en Hebreos 6: 1-2. Y también volvemos a la contradicción declarada originalmente: Si una iglesia local es validada por tener ancianos, y los ancianos son simplemente elegidos por la iglesia local, entonces no hay manera de acusar a nadie de estar “separado del cuerpo”. Todo lo que debe hacer es tener una persona más con él, y ambos elegir un “anciano” entre ellos. Si esto es legítimo, entonces todo aquel que cree es en efecto, un miembro del cuerpo, y por lo tanto todas las acusaciones son falsas acusaciones y pecado. Y si no es legítimo, entonces el acusador primero necesita demostrar la legitimidad de su propia “congregación local”. Tal prueba no es lógicamente posible, bajo los estándares confesionales de los Bautistas Reformados modernos. Es decir, después de siglos de intentar hacer que su Confesión funcione a través de la legitimidad formal, han vuelto a postular ninguna legitimidad en absoluto. O todo creyente es un creyente legítimo, o ninguna congregación bautista es legítima en absoluto, y por lo tanto ningún Bautista es un verdadero creyente. Esto sucede cuando se trata de imponer cargas no bíblicas a los elegidos de Dios.

Es por esta razón que la mayoría de los llamados “confesionales” Bautistas hoy prefieren no hablar de esta parte de su Confesión. Y, como vimos en la Declaración Bautista de Fe de 1966, incluso se sienten libres de modificarla y omitir las partes inconvenientes de la misma. El “confesionalismo” bautista es sólo confesional a medio camino; Y la razón, de nuevo, es que los autores de la CFB han ido más allá de la Biblia y han impuesto cargas que la Biblia no impone. Confiar a esa parte de la CFB de 1689 el mandato de membresía de la iglesia local es como apoyarse en una caña rota. Las acusaciones de Jeff Durbin pueden fácilmente volverse contra sí mismo y hacerle culpable de lo mismo (Mateo 7: 2, Marcos 4:24 y Lucas 6:38). Su única defensa en este caso sería que la legitimidad de su ministerio e iglesia es que tienen fruto. Pero esto, como veremos más adelante, puede volverse contra él también, y hacerle un falso acusador.

3       El Anabaptismo de los Presbiterianos Modernos

He dicho anteriormente que la Confesión de Londres difiere de la Confesión de Westminster en su visión de obligatoria “membresía de la iglesia local.” Pero hay más que eso. La confesión de Londres difiere de todas las demás confesiones reformadas en este sentido. Ninguna otra confesión Reformada incluye la “membresía de la iglesia local” obligatoria como una obligación religiosa.

De hecho, si necesitamos ser aún más generales, el concepto de “membresía de la iglesia local” nunca ha existido en la iglesia antes del siglo XVII. Sí, el concepto de “membresía de la iglesia” ha existido desde el principio. El concepto de “congregación local” ha existido desde el principio. La teología de “no hay salvación fuera de la iglesia” ha existido desde el principio; por ello el mandamiento para que los cristianos “se unan a la iglesia” en un pacto, que es el Pacto de Gracia. Sin embargo, la adhesión a la Iglesia se hizo por los mismos medios a través de los cuales el hombre se unió al Pacto de Gracia: el bautismo. Y por medio del bautismo, el hombre se unió a la Iglesia universal. Es decir, la misma Iglesia mencionada en el Credo de los Apóstoles, y luego en el Credo Niceno, y luego en todos los otros grandes credos de la Cristiandad:

Creemos también en una única Iglesia Universal, Apostólica y Santa; En un bautismo en arrepentimiento, para la remisión y perdón de los pecados; Y en la resurrección de los muertos…

El creyente individual (o “confesor”, en los primeros siglos de la Iglesia) se convirtió automáticamente, luego del bautismo, en un miembro de la Iglesia universal, y a través de ella, de todas las “congregaciones locales”. No necesitaba juramento o ceremonia adicional, o alianza para “unirse” a una congregación local. La mayoría de la gente se quedaría dentro de la misma congregación, y algunos pueden incluso tomar votos voluntarios de lealtad a los demás: así es como comenzaron los primeros monasterios en Irlanda y Escocia. Pero tales votos nunca fueron requeridos para que un creyente fuera considerado miembro o parte de la iglesia. Una persona podía viajar de un lugar a otro, unirse o asistir, cooperar o adorar con diferentes comunidades cristianas, o decidir permanecer durante mucho tiempo sola, en el desierto o entre paganos, y todavía era parte de la iglesia. Ahora bien, podemos tener objeciones legítimas al ascetismo, pero este hecho histórico es incontrovertible: la iglesia primitiva valoraba altamente a los ascetas. No hay una sola línea en los escritos de los Padres de la Iglesia donde se rechazacen a los ascetas porque “no se unieron a una iglesia local”. El Padre de la Ortodoxia, el propio San Atanasio, escribió un gran elogio a San Antonio, por ejemplo. Para todos los propósitos prácticos, la iglesia primitiva era mucho más fiel al principio de “por fe solamente” que los Bautistas Reformados modernos. Uno se convertía en miembro de la Iglesia por fe y confesión del credo. Nada más era necesario. Puede haber habido a veces etapas diferentes de la calidad de miembro, pero nunca ha habido ningún concepto de la “calidad de miembro local.” Un miembro de la iglesia en Jerusalén era también un miembro de la iglesia en Corinto, y un miembro de todas las iglesias por todas partes. Los Bautistas modernos que afirman que sólo quieren seguir a la iglesia primitiva y, sin embargo, imponen membresía a la iglesia, simplemente son esquizofrénicos.

La Reforma no cambió nada en este sentido. Los reformadores trabajaron para cristianizar las sociedades, pero nunca mencionaron nada acerca de la “membresía de la iglesia local”. En la Ginebra de Calvino, la ciudad tenía un número de edificios de iglesia para congregar a los miembros de la iglesia el domingo (y todos los días, para ese objetivo). Pero nunca hubo una división de qué familia va a qué iglesia, o cualquier pertenencia a una iglesia específica. Cuando hubo una queja específica contra una persona por sus opiniones (en contra de Servet), que fue llevada ante toda la Iglesia, no se trataba de una “congregación local” o una sesión. Los Países Bajos tenían consejos municipales de ancianos, pero nada remotamente similar a las “iglesias locales”. En Escocia, el concepto mismo de un “pacto nacional” (de ahí el nombre de “Covenanters”) descartaba la idea de congregaciones locales independientes. En Inglaterra, la comunidad de los independientes era bastante fluida, con los predicadores itinerantes y los “ancianos” siendo más bien hombres de influencia en la comunidad que la jerarquía eclesiástica de “iglesias locales”. Pero la membresía no era asumida como concepto y no era practicada por ninguna iglesia.

La universalidad de la Iglesia también fue codificada en las Confesiones. Como se dijo arriba, ninguna Confesión Reformada nunca impuso esta carga a los creyentes, necesariamente para unirse a una “iglesia local”. Esto no quiere decir que ser parte de la comunidad de la Iglesia (universal) y trabajar junto con otros creyentes no fue alentado o mandado. Pero tal unión y trabajo juntos fue dejado a la libertad cristiana. Lo que significa que todas las Confesiones Reformadas reconocieron que había múltiples maneras en que una persona podía ser parte de la Iglesia y trabajar para y con otros hermanos, sin necesariamente obligarle a “unirse a una congregación local”. Lo mismo ocurre con la Confesión de Westminster, y lo mismo ocurre con la Declaración de Saboya de 1658, una reconstrucción congregacionalista de la CFW. De hecho, la más detallada de todas, la Segunda Confesión Helvética (1566), declaró específicamente que la Iglesia verdadera se extiende más allá de la Iglesia visible y, por lo tanto, puede haber miembros de la Iglesia que no forman parte de la Iglesia visible:

Sin embargo, no limitamos [por los signos de la verdadera iglesia antes mencionados] la Iglesia tan estrechamente a las características mencionadas; no enseñamos que estén fuera de la Iglesia todos los que continuamente no participan de los sacramentos, pero no es por desprecio, sino que por razones de fuerza mayor e ineludibles no usan de los sacramentos y los echan de menos. Tampoco excluimos a aquellos, cuya fe a veces se enfría o incluso se apaga por completo o, más tarde, deja de existir. Tampoco excluimos a quienes acusan debilidades, defectos o errores. (Segunda Confesión Helvética, cap. 17)

La Confesión continúa cubriendo el otro extremo del espectro, a saber, que no todos los que están en las iglesias visibles son verdaderos miembros de la Iglesia y, finalmente, termina con la advertencia, que Jeff Durbin debería escuchar antes de hacer sus acusaciones:

   Guardémonos, pues, de juzgar antes de tiempo, excluyendo o condenando o excomulgando a quienes el Señor no quiere sean excluidos o excomulgados, o sea, a quienes no podemos apartar sin hacer peligrar a la Iglesia. Por otra parte, hay que andar vigilantes, a fin de que los impíos, mientras los piadosos duermen, no progresen y así dañen a la Iglesia.

La unidad de la Iglesia no radica en las ceremonias externas y en los usos cultuales, sino, sobre todo, en la verdad y unidad de la fe cristiana universal. Pero esta fe no nos ha sido legada por preceptos humanos, sino por las Sagradas Escrituras, cuyo compendio es el Credo Apostólico. Por eso leemos que entre los antiguos cristianos existían diferencias con respecto a los usos cúlticos, lo cual constituía una libre variedad, sin que nadie pensase que ello podría dar jamás lugar a la disolución de la Iglesia. Decimos, por lo tanto, que la verdadera unidad de la Iglesia consiste en las doctrinas sobre la fe, en la verdadera y misma predicación del evangelio de Cristo, sí como también en los usos cultuales prescritos expresamente por el Señor mismo. Esto nos mueve a acentuar de una manera especial las palabras del apóstol, cuando dice: «Así que todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos: y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Empero en aquello a que hemos llegado, sigamos la misma regla, sintamos una misma cosa» (Pil. 3:15 y 16)

El trasfondo de esta Confesión -que fue escrita originalmente como la confesión personal de Heinrich Bullinger- es importante para nuestra comprensión de donde proviene el concepto del mandato de “membresía de la iglesia local”. Evidentemente no provenía de la iglesia primitiva. Evidentemente, no provenía de las otras tradiciones reformadas. En 1566, cuando Bullinger escribió las líneas anteriores, sus principales oponentes eran dos grupos, procedentes de dos extremos opuestos del espectro. En un extremo estaban los papistas. En el otro extremo estaban los anabaptistas. En la superficie, se oponían entre sí. En realidad, sin embargo, los papistas y los anabaptistas tienen puntos de vista similares sobre la cuestión de la pertenencia: y es que un verdadero cristiano debe ser parte de la iglesia visible. Y mientras que para los papistas la Iglesia visible era la burocracia sacerdotal romana, para los anabaptistas, eran sus “hermandades” locales. Sólo la pertenencia a la hermandad local hacía de una persona un verdadero anabaptista.

Ahora, sé que mis hermanos Bautista Reformados responderían que el verdadero origen de los Bautistas modernos es con los Separatistas Ingleses. Está bien, no estoy en desacuerdo con esto, cuando se trata de la teología. Pero cuando se trata de la eclesiología, y especialmente de la cuestión de la “membresía de la iglesia local”, los Bautistas modernos-e incluso los Bautistas Reformados modernos- están más cerca de los anabaptistas y de otras sectas.

Los primeros ejemplos históricos de hacer un pacto con una comunidad local fueron de hecho los anabaptistas de Alemania y Suiza. La membresía de la comunidad era la característica central, y la vida de un anabaptista tenía que girar casi exclusivamente alrededor de la congregación local. Ya en 1527 los Huteritas, una secta anabaptista en Moravia, tenían una Orden de la Comunidad: Cómo debe vivir un cristiano (Ordnung der Gemein, wie ein Christ leben soll) que ató la vida de cada creyente a su grupo local. El Ordnung requirió que se reunieran cuatro o cinco veces a la semana, y confiar a la congregación local sus vidas y posesiones, para las necesidades de la congregación. El compromiso era tan severo que una cláusula especial en el Ordnung requería el secreto con respecto a los forasteros:

  Lo que se juzga oficialmente entre los hermanos y hermanas de la hermandad no se hará público ante el mundo. La persona bondadosa [que se interesa, pero no se ha convertido o comprometido], será enseñada antes de venir a los hermanos de la hermandad. Cuando ha aprendido y tiene un deseo sincero de ello, y si está de acuerdo con la esencia del Evangelio, será recibido por la hermandad cristiana como hermano o hermana, es decir, como miembro de Cristo. Pero esto no será hecho público delante del mundo para no afectar la conciencia y para el bien del propósito.

Los menonitas practicaban la “membresía de la iglesia local” mucho antes de los bautistas ingleses, y hasta el día de hoy, diferentes grupos anabaptistas modernos no reconocen que nadie sea uno de ellos a menos que tenga algún tipo de membresía en una congregación local. Las Pautas de Membresía (2001) de la Iglesia Menonita de los Estados Unidos, reconocen específicamente el derecho de la congregación local a controlar estrictamente la membresía local:

   Las Congregaciones tienen la autoridad para determinar los criterios y la responsabilidad de implementar el proceso para la membresía de las personas que se unen a su congregación, así como el abandono. Lo hacen en consulta con la conferencia de su área y en consideración de las expectativas de pertenecer a la Iglesia Menonita de los Estados Unidos (“Pautas de Membresía”, II: 2).

Las reglas para la membresía local son aún más estrictas cuando entramos en la esfera de las sectas. La Iglesia Mormona tiene sus reglas estrictas para la membresía de la iglesia local, así como otras sectas cuasi-cristianas. Por el bien del espacio, me abstendré de profundizar en su eclesiología.

Una cosa está perfectamente clara: cuanto más avanzamos en la dirección del cristianismo tradicional, confesional, ortodoxo y de credo cristiano, más se hace hincapié en la naturaleza universal de la Iglesia (como en los credos), y más bajos son los estándares de membresía y participación en ella. De manera general, el bautismo y la profesión pública de fe son suficientes para hacer que uno sea miembro de la Iglesia y, por defecto, un miembro de cualquier congregación ortodoxa creyente en cualquier parte. No es necesario un compromiso adicional con los órganos locales. Tal compromiso no es pecaminoso, pero es superfluo, y hacer que sea un requisito es anti-bíblico y anticonfesional. Por otro lado, cuanto más nos movemos en la dirección de la heterodoxia, las herejías y las sectas, más el requisito de la “membresía de la iglesia local” se hace obligatorio y más altos son los estándares para ser un “miembro” de la iglesia. En esto, nuestros hermanos bautistas están a horcajadas de la valla: su teología es ortodoxa, pero su eclesiología más bien coincide con la de las sectas anabaptistas y otras sectas.

Sin embargo, a pesar de que su eclesiología no es bíblica, no ortodoxa, autocontraditoria, procedente de las sectas anabaptistas y peculiar de todos los cultos pseudo-cristianos, nuestros hermanos bautistas pueden sentirse triunfantes y reclamar la victoria en una sola cosa: La mayoría de las denominaciones y grupos reformados en los Estados Unidos han adoptado la misma eclesiología anabaptista y el mismo estándar no confesional de “membresía de la iglesia local” obligatoria. Esta eclesiología anabaptista está embebida en todos los Libros de la Iglesia de todas las denominaciones presbiterianas en los Estados Unidos. Contrariamente a su profesa “adscripción” a la Confesión de Westminster, y contrario a la teología histórica del Presbiterianismo. El más esquizofrénico de todos, por supuesto, es la Confederación de Evangélicos Reformados (CRE, o también conocida bajo su sigla más antigua, CREC), donde una teología oficial de la alta iglesia [high-churchism] y la “catolicidad protestante” (también conocida como Teología de la Visión Federal) se combina con prácticas extremas anabaptistas de “membresía de la iglesia local” obligatoria y un poder casi ilimitado para las sesiones locales sobre membresía y sus rebaños. Hay elaborados rituales de “pacto local de la iglesia” y “admisión en el cuerpo local.” Por otro lado, salir de una iglesia local o trasladarse a otra iglesia local siempre es un gran tema de “autoridad” y juego de poder, y esa transferencia de “membresía” siempre implica un “permiso” especial de los ancianos. Hay docenas de casos dentro de las denominaciones presbiterianas en los Estados Unidos, donde los miembros de buena reputación han sido excomulgados por osar moverse a otra iglesia, incluso dentro de la misma denominación, sin permiso de la sesión local. Las iglesias presbiterianas han adoptado básicamente el principio de la mafia: “Nadie nos deja y queda bien[3] parado”. O, para atenerse a una interpretación teológica, en lo que respecta a la eclesiología, los presbiterianos modernos no son nada más que anabaptistas.

En ninguno de los casos que he estudiado, los líderes presbiterianos modernos tratan de explicar esta separación de sus propios estándares Confesionales. En los pocos casos que he tratado de involucrar a algunos en este tema, sus excusas han sido dos: primero, que “sin la membresía de la iglesia local no habrá disciplina de la iglesia”. Y segundo, que la “membresía de la iglesia local” obligatoria se incluye en la cláusula de “consecuencia buena y necesaria” del capítulo 1 del artículo 6 de la WCF. De los primeros, hablaré más adelante, cuando lleguemos al tema del gobierno y la disciplina de la iglesia. De estos últimos, la cláusula de la “consecuencia buena y necesaria” ha llegado a ser para los modernos clérigos presbiterianos lo que el “bienestar general” de la Constitución de los Estados Unidos se ha convertido en los liberales modernos: una excusa para imponer a la Confesión un número de cargas no confesionales. Pero para aclarar este punto, y ver si la “membresía de la iglesia local” es realmente una “consecuencia buena y necesaria”, lo mejor sería comprobar su validez contra la teología presbiteriana histórica. Si realmente es una “consecuencia buena y necesaria”, entonces los primeros teólogos presbiterianos lo habrían enseñado.

4       La teología presbiteriana rechaza la membresía obligatoria

Sin embargo, un estudio de la teología histórica presbiteriana revela que no sólo los teólogos presbiterianos nunca enseñaron tal cosa, sino que se opusieron vehementemente al concepto de “membresía de la iglesia local” obligatoria cada vez que la encontraron -y de hecho, como veremos, algunos Incluso se oponían a la membresía obligatoria de la iglesia (no sólo local) como adoración falsa.

Calvino, por supuesto, habló fuertemente en favor de las comunidades eclesiásticas organizadas; Pero no tan fuertemente como para exigir que todos sean miembros de una, sin importar cuál sea su pureza. En sus “Escritos Contra los Nicodemitas” dejó muy claro que en el caso en que las iglesias en un área eran todas impuras, el mejor camino para un verdadero cristiano era dejarlas y adorar en privado. Sí, ¡adorar en privado! Aquí están las palabras de Calvino:

Por lo tanto, alguien me preguntará qué consejo me gustaría darle a un creyente que así mora en algún Egipto o Babilonia, donde no puede adorar a Dios puramente, sino que se ve obligado por la práctica común a acomodarse a las cosas malas. El primer consejo sería irse si pudiera. . . . Si alguien no tiene manera de partir, le aconsejo que considere si sería posible que se abstuviera de toda idolatría para conservarse puro e impecable hacia Dios en cuerpo y alma. Entonces, adoremos a Dios en privado, rogándole que devuelva su pobre iglesia a su derecho. . .[4]

La primera experiencia presbiteriana en Escocia en la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII fue bastante caótica. Este fue el momento en que el concepto del “pacto nacional” (de ahí el nombre Covenanters[5]) se oponía al episcopado. En sus esfuerzos contra la prelatura, los covenanters a veces tomaba posiciones contradictorias sobre diferentes temas de la eclesiología. Algunos defendían la jerarquía eclesiástica, otros la rechazaban. La mayoría operaba (profetizaba y enseñaba) fuera de la iglesia institucional visible. Algunos incluso rechazaron la necesidad y la validez de la ordenación, incluso por parte de sus propios compañeros ancianos pactantes, y sin embargo se les mantuvo en gran estima y en algunas asambleas generales moderadas (sí, mientras no estaban ordenados). Si bien un estudio más detallado de la eclesiología de los Pactantes en los primeros días de su obra y doctrina debería ser un tema para otro artículo, podemos resumir sus puntos de vista como un equilibrio saludable entre servir a la Iglesia visible y reconocer el servicio de la Iglesia invisible.

Servir a la iglesia visible era obligatorio; las formas fueron dejadas a la libertad cristiana. Unirse a una congregación local era altamente deseable pero no obligatorio. Los profetas debían estar bajo la disciplina de la iglesia, pero cuando la iglesia visible los rechazaba (como harían las iglesias cesacionistas de hoy), eran libres de operar fuera de ella y de emitir juicio sobre ella. La mayoría de los primeros teólogos escoceses trabajaron, durante ciertos períodos de sus vidas, fuera de cualquier iglesia o congregación establecida.

Podían hacerlo porque en su opinión, la Iglesia no era las iglesias locales, sino el cuerpo universal. Y fue esta visión de la Iglesia la que fue codificada en la Confesión de Westminster. No las iglesias locales, sino la Iglesia universal.

Los presbiterianos encontraron por primera vez el concepto de “membresía de la iglesia local” obligatoria en la década de 1630, cuando los predicadores congregacionalistas trataron de establecerse en Escocia. Y para responder a ella se pronunció no algún predicador presbiteriano menor, sino la Gran Berta de la teología Pactante, Samuel Rutherford.

Durante la década de 1630, Rutherford había sido desterrado y separado de la Iglesia por sus convicciones presbiterianas; Su única conexión con la iglesia visible en ese momento era su escritorio. Si alguien se ajusta a la descripción de un “profeta fuera de la Iglesia visible”, o un “profeta del escritorio” (¿”profeta de facebook”?) Sería Samuel Rutherford antes de 1638. Podría haber permanecido en la iglesia visible durante ese tiempo y haber obedecido a las autoridades legales, pero se negó. Podría haber organizado su propia congregación local, pero no lo hizo. Cuando el presbiterianismo fue restablecido en 1638, Rutherford volvió a su ministerio, y tomó sobre sí mismo defender la eclesiología de los Covenanters. Produjo varios libros en la década siguiente. Específicamente sobre la eclesiología, sus mayores contribuciones fueron Los Derechos Debidos a los Presbíteros (1644)[6] y El Derecho Divino del Gobierno de la Iglesia y la Excomunión (1646)[7]. Es en los Derechos Debidos de los Presbíteros donde incluyó su respuesta contra la eclesiología localista de los Congregacionalistas.

Los autores Congregacionalistas que él asumió tenían exactamente las mismas opiniones que los Presbiterianos y Bautistas modernos: Que una persona no es un verdadero creyente a menos que sea miembro de una iglesia local, y a menos que pase por lo que ellos llamaron un “pacto de la iglesia”, esto es, un compromiso específico con un cuerpo local además de la membresía general en la iglesia a través del bautismo. Rutherford rechazó fuertemente ese concepto. Él dedicó más de 60 páginas (pp. 76-138) en un libro de 450 páginas en total para oponerse a este error. Sus argumentos son a veces un poco difíciles de seguir para un lector moderno -después de todo, estaba entrenado en la escolástica- pero podemos mencionar sus principales puntos y conclusiones.

Primero, Rutherford parte de la afirmación calvinista clásica de la superioridad de la Iglesia invisible sobre la Iglesia visible. Lo que significa que no todos los que están fuera de la Iglesia visible son necesariamente incrédulos. (Esto haría de él y la mayoría de sus predecesores y compañeros de trabajo no creyentes, por lo menos en algunos períodos de sus vidas, si esto era verdad). Si bien unirse a una iglesia es deseable, no es obligatorio, y no tiene nada que ver con el estado de pacto de un hombre ante Dios. En sus propias palabras, citando también a Agustín:

Hay necesidad de unirnos a una Iglesia visible, pero no es necessitas medii, sino necessitas praecepti, no es una necesidad, ya que todos estarían condenados si no están dentro de alguna Iglesia visible, pues Agustín escribe de esto, “Hay muchos lobos dentro de la iglesia, y muchas ovejas fuera”; Pero si Dios ofrece la oportunidad, todos están obligados por Dios a su mandamiento de confesar a Cristo ante los hombres, para unirse a sí mismos a la verdadera Iglesia visible.

El mismo Rutherford es bastante ambiguo en cuanto a cuándo y cómo surge esta “oportunidad”. Él aconseja sabiduría al salir de una iglesia por ser una asamblea ilegal, o no cumplir con sus obligaciones de una iglesia, pero a fin de cuentas cuentas, lo deja a la libertad cristiana, sin ninguna palabra específica de juicio.

Segundo, la forma de ingresar en la Iglesia (universal) es a través del bautismo y profesión de fe. Nada más se necesita, ningún otro compromiso. El compromiso o pacto con una iglesia local es permitido, no pecaminoso, pero exigir tal pacto es ilegal. Rutherford escribe:

  1. Distinción. Hay un pacto de gracia libre, entre Dios y los pecadores, fundado sobre la seguridad de Cristo Jesús; puesto sobre nosotros, cuando creemos en Cristo, pero un pacto de la Iglesia diferente de este está en cuestión, & sub judice lis est.
  2. Distinción. Hay un pacto de bautismo, hecho por todos, y un pacto virtual e implícitamente renovado cuando recibimos la Cena del Señor, pero un pacto explícitamente positivo profesado por un pacto eclesiástico, mediante el juramento dentro de la iglesia por una persona, o una sociedad, a una iglesia-estatal es algo cuestionable.
  3. Distinción. Un pacto explícito en el cual nos unimos a los primeros tres Artículos de una manera tácita, entrando en una nueva relación con tal pastor, y con su rebaño, no lo negamos, como si fuera algo ilícito, puesto que podemos jurar que cumpliremos todos los mandamientos de Dios, observando todas las cosas necesarias en un juramento legítimo. Pero que ese pacto sea requerido por la institución divina, como la forma esencial de una Iglesia y la membresía de la Iglesia, como que sin esto ninguno hubiera entrado a la membresía de las Iglesias visibles de los Apóstoles, ni pueden entrar en la iglesia-estado ni podemos tener derecho a los sellos del pacto, lo negamos completamente.

Él continúa demostrando que una vez que una persona ha recibido el bautismo, es en efecto, un miembro de cualquier congregación en cualquier lugar. No había necesidad de un pacto adicional; Si hubiera tal necesidad, esto anularía el pacto en el bautismo.

Por lo tanto, tercero, él ve el requisito del pacto de la iglesia local como una carga adicional impuesta a la conciencia del creyente y, por lo tanto, lo llama “culto a la voluntad” o, en nuestro lenguaje moderno, “culto falso”. Es decir, cualquier iglesia presbiteriana hoy que practique tal requisito es una violación directa del Principio Regulador de Adoración. En palabras de Rutherford:

Que todos adoren, poniendo una atadura sobre la Conciencia, donde Dios no ha puesto ninguna, es condenable; pero atar el juramento de Dios a un deber particular más que a otro, de modo que no se pueda, sin tal juramento, entrar en tal estado, ni tener título y derecho a los sellos de la gracia y a las ordenanzas de Dios, es adoración voluntariosa, y tomarlo por virtud de una ley divina, es una atadura de la conciencia donde Dios no la ató

Y cuarto, mientras que los argumentos vinieron de autores congregacionalistas, Rutherford identificó correctamente el origen real de estos argumentos: las opiniones de los arminianos y los socinianos, es decir, las sectas no-ortodoxas. No hay nada reformado en la obligatoria “membresía de la iglesia local”.

¿Estaba Rutherford solo en estos puntos de vista? Difícilmente. Como señalé arriba, ninguna de las Confesiones Reformadas requirió la membresía externa a ningún cuerpo en particular, y al menos una enfatizó el hecho de que los creyentes no asociados con ningún cuerpo en particular son todavía miembros de la Iglesia. Una multitud de otros teólogos protestantes podrían ser citados aquí, pero esto haría este artículo demasiado largo y difícil de leer.

Por lo tanto, voy a avanzar simplemente a la segunda mitad del siglo 19, a otra gran arma de la teología presbiteriana, Charles Hodge. Ahora, Charles Hodge nunca vivió las pruebas y tribulaciones de Samuel Rutherford; nunca tuvo que operar fuera de la iglesia visible; nunca tuvo que ser un “profeta del escritorio” sin congregación. Fue el teólogo presbiteriano modelo. Seguramente habría estado mucho menos dispuesto a reconocer la existencia de cristianos sin un cuerpo visible, y sería mucho más estricto en el requisito de membresía de la iglesia, ¿verdad?

Equivocado.

Al describir la iglesia en su Teología Sistemática (vol. I, pp. 134-139), va incluso más lejos que Samuel Rutherford, no sólo declarando abiertamente que la Iglesia incluye a aquellos que no están conectados a ningún cuerpo visible, sino también que esto es la característica muy definitoria de la teología protestante: la Iglesia invisible sobre la Iglesia visible. Se asegura de repetir el mismo concepto varias veces. Obviamente, lo consideraba muy importante. Aquí están las propias palabras de Hodge, cuando él viene a describir “La Doctrina Protestante de la Iglesia”:

(1). Que la Iglesia como tal, o en su naturaleza esencial, no es una organización externa.

Lo que sigue es que la membresía en una organización externa no es necesaria:

(2). Todos los creyentes verdaderos, en quienes mora el Espíritu de Dios, son miembros de esa Iglesia que es el cuerpo de Cristo, sin importar con qué organización eclesiástica estén conectados, e incluso aunque no tengan tal conexión. [Énfasis mío-B.M.]

En caso de que alguien no recibió el mensaje:

(3). Por lo tanto, que los atributos, prerrogativas y promesas de la Iglesia no pertenecen a ninguna sociedad externa como tal, sino al verdadero pueblo de Dios colectivamente considerado;

¿Y qué significa esto en la práctica cuando se trata de la membresía de la Iglesia?

(4). Que la condición de membresía de la verdadera Iglesia no es unión con ninguna sociedad organizada, sino fe en Jesucristo.

Aún no ha terminado. Considere el siguiente párrafo (énfasis mío):

Los protestantes no niegan que hay una iglesia católica visible en la tierra, que consiste en todos aquellos que profesan la verdadera religión, junto con sus hijos. Pero no están todos incluidos en ninguna sociedad externa. También admiten que es el deber de los cristianos unirse para el propósito de la adoración y la vigilancia y el cuidado mutuo. Admiten que a tales asociaciones y sociedades ciertas prerrogativas y promesas pertenecen. Que tienen o deberían tener los oficiales cuyas cualificaciones y deberes están prescritos en las Escrituras. Que siempre ha habido, y probablemente siempre habrá, organizaciones cristianas o iglesias visibles. pero niegan que cualquiera de estas sociedades, o todas ellas colectivamente, constituyan la Iglesia por la cual Cristo murió; En la cual Él habita por su Espíritu; A la cual Él ha prometido perpetuidad, catolicidad, unidad y guía divina en el conocimiento de la verdad.

Note cómo Charles Hodge ni siquiera está seguro si tales sociedades organizadas visibles siempre existirán; Él usa la palabra “probablemente”: “. . . siempre ha habido, y probablemente siempre habrá, tales. . . Iglesias visibles “. ¿Por qué “probablemente”? Hay una escatología más profunda detrás de ella, y hablaremos de ello más tarde. Continúa en la misma línea varias páginas, apoyando su caso en las Confesiones Reformadas y en teólogos reformados, incluyendo Turretin. Y llega a la conclusión sobre la membresía de la iglesia:

La doctrina de que un hombre se convierte en un hijo de Dios y un heredero de la vida eterna por pertenecer a cualquier sociedad externa, invalida los fundamentos mismos del evangelio e introduce un nuevo método de salvación.

Es decir, para Charles Hodge, la afirmación de Jeff Durbin de que la iglesia local es “la parte más fundamental de la vida de un cristiano”, y la exigencia presbiteriana moderna de unirse a una iglesia local, no son más que una simple herejía pelagiana. Charles Hodge argumenta en contra de la Iglesia Romana en estas páginas. Pero dado que lo mismo se aplica a los anabaptistas, él argumenta contra todas las herejías de la salvación a través de las obras.

Entre Juan Calvino, Samuel Rutherford y Charles Hodge, debería ser muy claro para cualquier verdadero presbiteriano, merecedor del nombre, el camino que sigue la teología presbiteriana. A esto podemos añadir A.A. Hodge y su declaración de que “Una iglesia no tiene derecho a crear una condición para ser miembro a cualquiera que Cristo no haya hecho una condición para la salvación“.[8] A esto podemos agregar un número de otros teólogos presbiterianos que hicieron la diferencia entre la iglesia invisible y la visible una marca de teología Reformada, y por lo tanto rechazaron la idea de conexión obligatoria a un cuerpo visible. La membresía obligatoria a la iglesia local -o la membresía a cualquier iglesia- no es un requisito bíblico, y es una noción herética. La afiliación a un cuerpo visible fue prescrita pero no obligatoria. En todo caso, era una obligación de los ministros de la iglesia proporcionar una oportunidad mediante la creación de iglesias, no era la obligación del miembro individual de buscar activamente una iglesia para unirse.

Para cerrar el círculo de la verdadera posición presbiteriana, sólo necesitamos seguir la práctica de las iglesias presbiterianas en el siglo XIX, en el mismo período en que Charles Hodge enseñó y escribió su Teología Sistemática.

Tenemos evidencia de esas prácticas presbiterianas en la “Historia de la Iglesia Presbiteriana en América” de William Melanchton Glasgow, escrita en 1888. Es un documento bastante largo y detallado, cerca de 800 páginas, pero lo que nos interesa es si la iglesia presbiteriana requirió ser miembro de un cuerpo visible. Hay varios ejemplos en el libro de que no había tal requisito, y una persona se consideraba un miembro de la iglesia incluso sin ser un miembro de un cuerpo local. Dos citas del libro bastarán, en aras de la brevedad:

Algunos miembros han vivido en la ciudad de Chicago, y en otras localidades, pero nunca se organizaron sociedades.

Waupaca. Esta ciudad y vecindades fueron cultivadas como una estación misionera por el Rev. James L. Pinkerton, en 1876, pero no se organizó ninguna congregación, ya que había sólo unas pocas familias de pactantes en esa localidad.

La Historia contiene muchos más ejemplos, pero el punto principal es obvio incluso de estas dos citas: Uno podría ser un pactante y un miembro de la iglesia incluso sin una congregación local. Al leer más del libro, queda claro que los ministros de la Iglesia Presbiteriana Reformada consideraban su obligación crear congregaciones, pero no había obligatoriedad de unirse a esas congregaciones. De hecho, según los documentos fundadores de la Iglesia de Escocia, era mucho mejor no tener una iglesia en absoluto que tener una iglesia dirigida por ministros defectuosos:

No ignoramos que la escasez de hombres piadosos y eruditos parecerá a algunos una razón justa por la cual ese examen tan justo y agudo no debe ser tomado universalmente; Porque así parecerá que la mayor parte de las iglesias no tendrán ningún ministro en absoluto. Pero que estos hombres comprendan que la falta de hombres capaces no nos excusará ante Dios si, por nuestro consentimiento, los hombres incapaces han de ser colocados sobre el rebaño de Cristo Jesús, como también, entre los gentiles, los hombres piadosos y eruditos eran también escasos como ahora hay entre nosotros, cuando el apóstol dio la misma regla para tratar y examinar ministros que ahora seguimos. Y, por último, que entiendan que es como no tener ministro en absoluto, y tener un ídolo en el lugar de un verdadero ministro; Sí y en algunos casos, es peor. Para aquellos que están totalmente destituidos de ministros deben ser diligentes para buscarlos. Pero los que tienen una sombra vana comúnmente, sin más cuidado, se contentan con lo mismo, y así permanecen continuamente engañados, pensando que tienen un ministro, cuando en realidad no tienen ninguno. [9]

Obviamente, entonces, para los presbiterianos en el pasado, ser miembro de una iglesia local no era una prioridad. La prioridad era tener hombres capaces como ministros. En el caso de que no hubiera tales hombres, era mejor no tener una iglesia local y, por lo tanto, ninguna membresía de la iglesia local.

Algunos Presbiterianos modernos han tratado de decirme que sus iglesias tenían “listas de miembros” que se remontan a 150 años, tratando de probar que la membresía obligatoria existía en ese entonces. La verdad es que las “listas de miembros” sólo demuestran que las personas se unieron a esas iglesias; No demuestran que dicha afiliación era obligatoria como condición para ser miembro. Por el contrario, la historia de Glasgow demuestra claramente que la iglesia presbiteriana en el siglo XIX estuvo de acuerdo con Samuel Rutherford y Charles Hodge, que la fe y la confesión pública eran la única condición necesaria para ser miembro de la Iglesia. Cualquier otra cosa era adoración falsa y herejía.

5       La Guetotización impuesta por el Estado

La “membresía de la iglesia local” obligatoria nunca ha sido parte de la doctrina y las prácticas de la iglesia primitiva. Nunca fue parte de las doctrinas Reformadas; Fue específicamente rechazado por Confesiones Reformadas y teólogos Reformados. Procedía originalmente de las sectas anabautistas y otras sectas no ortodoxas. Así que la pregunta es: ¿Por qué los Bautistas Reformados decidieron diferir de todos los otros grupos Reformados? ¿Por qué tenían que ir en contra del testimonio de la fe Reformada e imponer a sus seguidores una carga no bíblica, y por qué tenían que crear un enigma lógico?

Algunos dirían: “Bueno, esto es sólo teología y tradición bautista, nos separa de todos los demás”.

Realmente no. Esta “teología y tradición bautista” apareció en 1689. La Confesión de 1689 fue la Segunda Confesión Bautista de Londres. Hubo una Primera Confesión Bautista de Londres, ahora ignorada por la mayoría de los Bautistas. Fue completada y adoptada en 1644, dos años antes de que la Confesión de Westminster fuera completada y adoptada. En teología, no difería de la Segunda Confesión de Londres: era calvinista y puritana hasta el núcleo. En la eclesiología, sin embargo, tuvo algunas diferencias significativas.

Primero, no se menciona ninguna “membresía obligatoria a la iglesia local” en ninguna forma. Las iglesias locales fueron mencionadas, pero no hay necesidad de unirse a ellas. El foco estaba en la iglesia universal.

Segundo, y lo que es más importante, una iglesia no estaba definida por tener un gobierno. Es decir, un gobierno de la iglesia no era necesario para la esencia de la iglesia, sólo para su bienestar. Aquí están las líneas relevantes en la Confesión:

XXXV

Todos los siervos de Cristo son llamados fuera para presentar sus cuerpos y almas y los dones que Dios les ha dado. Así presentados, se encuentran en su lugar debido, siendo entretejidos y compactados según el funcionamiento de cada quien, para la edificación de la Iglesia en amor.

XXXVI

A cada Iglesia Cristo da poder para su bienestar, para escoger para sí personas para los oficios de Pastor, Maestro, Anciano y diácono, los cuales son los oficios designados por Cristo en su Palabra para la alimentación, gobernación y edificación de su Iglesia y no hay ningún otro oficio con autoridad, ya sea éstos u otros.

Observe cómo se espera que la iglesia local se reúna naturalmente, no por membresía obligatoria, y no necesite ningún liderazgo para su existencia. Sólo cuando se reúne, para su bienestar, tiene el poder de elegir líderes, pero no se define por tener ancianos. Compare esto con la Confesión de 1689, donde la propia iglesia se define por una separación de clases entre ministros y miembros.

Tercero, estos líderes de la iglesia, sorprendentemente, están despojados del monopolio de administrar el bautismo, frente a la Confesión de 1689, donde se confía a los ministros la “administración peculiar de las ordenanzas”. La confesión de 1644 dice que esta administración no se limita a los oficiales:

XLI

Las personas designadas por Cristo para administrar esta ordenanza, según la Escritura, son los discípulos que predican. En ningún lugar está asociado con cierta iglesia, oficial o persona extraordinariamente establecida. La comisión que incluye la administración de esta ordenanza, se da, sin ninguna otra consideración menos que sean discípulos.

Obviamente, entonces, los Bautistas de 1689 diferían en su visión de la Iglesia no sólo de los presbiterianos y puritanos y otros reformados. También diferían de los bautistas de 1644. Algo cambió entre 1644 y 1689 para hacer que los Bautistas pasaran de la eclesiología reformada a la anabaptista. Eso no era teología reformada: como vimos, la teología reformada permaneció igual durante otros dos siglos, al menos. Lo que cambió fue un cambio legislativo en las políticas del gobierno.

Era una ley 501(c)3. O, una ley que era similar a la moderna regulación 501(c)3 en los EE.UU.

El regreso de Carlos II a Inglaterra en 1660 vio no sólo la restauración de la monarquía en Inglaterra, sino también el restablecimiento de la Iglesia de Inglaterra en una serie de leyes conocidas como el Código Clarendon; siendo la parte más importante de ella el Acta de Uniformidad de 1662. Esta Ley de Uniformidad regulaba las relaciones entre el gobierno y la religión establecida, pero lo hacía de una manera principalmente nueva, diferente de todo hasta ahora. Antes de 1662, los monarcas o bien toleraban diferentes sectas religiosas sin ninguna ley formal particular, por capricho, o forzaban una forma de religión sobre ellos. La Ley de 1662 no obligó a la uniformidad, sino que impidió a los no conformistas tomar posiciones en el gobierno, ser maestros en las escuelas y obtener grados en las universidades y colegios reales. También se les prohibió tener reuniones públicas, aunque, las reuniones privadas no fueron prohibidas. Por esta razón también fue llamada la Ley de los no-conformistas inhabilitados (Non-Conformist Disabilities Act.). La “uniformidad” en la Ley era defensiva, no ofensiva. Las iglesias bautistas podrían existir ahora, sólo que sus miembros sufrieron algunas incapacidades civiles. Después de la Revolución Gloriosa en 1688, Guillermo y María reemplazaron el Acta[10] de Uniformidad con una nueva Acta: la Ley de Tolerancia de 1688. Esa ley es muy importante para nuestro estudio aquí.

La Ley de Tolerancia otorgó a todos los disidentes protestantes (no conformistas) el derecho a la adoración pública gratuita, siempre que prestaran el juramento de lealtad a los nuevos soberanos, el rey Guillermo y la reina María. Las inhabilidades de la ley anterior no fueron abrogadas. Los no conformistas todavía no podían tomar posiciones gubernamentales, ni ser maestros, ni ir a las universidades reales. Estas inhabilidades permanecerían durante otros dos siglos. Charles Spurgeon trabajó bajo esas inhabilidades, y su apoyo a los liberales se basó en su plataforma de derogar esas inhabilidades. Pero en todos los demás aspectos, quedaron solos, siempre que prestaran el juramento de lealtad.

Pero había disidentes protestantes que no querían tomar ese juramento tampoco, y los bautistas estaban entre ellos. La Ley había previsto también estas disposiciones: Requería para cada ministro que fuera disidente protestante al menos dos testigos y seis miembros de su congregación para demostrar que él es en efecto, un disidente protestante (y no, por ejemplo, católico romano o no trinitario). Aquí está el texto relevante de la Ley:

XIV. Siempre y cuando que, así lo promulgue la autoridad antes mencionada, que en caso de que cualquier persona se niegue a tomar los dichos juramentos cuando se les presente, que todo juez de paz está facultado para pedir, dicha persona no será admitida a hacerlo y suscribir las dos declaraciones antes mencionadas, aunque así se requiera, ante cualquier juez de paz, o en general o cuartos de sesiones, antes o después de cualquier convicción de acusarle de papista, según se ha dicho, a menos que dicha persona pueda, dentro de los treinta días proporcionar dos testimonios protestantes conformistas, para testificar bajo juramento, que creen que es un disidente protestante, o un certificado bajo las manos de cuatro protestantes, que son conformes a la Iglesia de Inglaterra, o han tomado los juramentos y suscrito la declaración arriba mencionada, y también producirá un certificado según las manos y sellos de seis o más hombres de la congregación a la que pertenece, testificando acerca de él por uno de ellos.[11]

Es decir, la Ley otorgaba tolerancia sólo cuando había visibilidad social.

Este es un punto muy importante en cualquier estudio de las relaciones entre el gobierno civil y la iglesia: Los gobernantes tienen miedo de la doctrina de la Iglesia invisible y de sus aplicaciones prácticas. Antes de 1688, la mayoría de los gobernantes de la historia habían tratado de suprimir a la Iglesia invisible mediante persecuciones y uniformidad forzada. La Ley de Tolerancia de 1688 fue la primera ley formal aprobada por un soberano europeo que trató de suprimir a la Iglesia invisible a través de la tolerancia concedida por la visibilidad. O, como lo llamamos hoy en nuestro lenguaje moderno, la incorporación, es decir, “en un cuerpo [visible]”.

La Ley también hizo otra cosa: fragmentó a la comunidad cristiana a través de la incorporación. La iglesia establecida de Inglaterra fue tratada como una corporación sin ningún procedimiento especial para los ministros individuales. Es decir, cualquier párroco anglicano local fue oficialmente reconocido en virtud de ser parte de la Iglesia de Inglaterra, sin importar si tenía algún miembro en su congregación o no. La Ley de Tolerancia requirió la incorporación para cada ministro individual no conformista, en el testimonio de protestantes conformistas y seis o más miembros de su congregación. Las iglesias ahora sólo podían existir si, por razones de gobierno, se registraran por separado unas de otras y reclamaran cada “miembro” por separado para una iglesia específica. No habría ningún cuerpo universal oficialmente reconocido para los no conformistas; Sólo la iglesia estatal tenía este privilegio. El gobierno toleraría las iglesias libres sólo como entidades separadas. Y para registrarse como entidades separadas, la membresía debía ser la pertenencia a entidades separadas, “iglesias locales”. La ordenación entre iglesias no contaba. El testimonio de ministros de otras iglesias bautistas no contaba. Las denominaciones no contaban. La tolerancia sólo se concedía cuando había “miembros de la iglesia local”.

El principio era el mismo que está detrás de las regulaciones actuales de 501(c)3; La única diferencia era que, en vez de la exención de impuestos, los ministros recibían tolerancia. Para todos los propósitos prácticos, la Ley de Tolerancia era una regulación 501(c)3. O, para todos los propósitos prácticos, la regla 501(c)3 es hoy una Ley de Tolerancia.

Las iglesias bautistas habían estado buscando tal visibilidad y tolerancia bajo la restauración de Carlos II, y finalmente lo lograron en 1688 en la Revolución Gloriosa. Así que ahora que lo tenían, estaban preparados para tener una Confesión que codificaba esta visibilidad fragmentada. No más Iglesia universal, ni más teología de la “Iglesia invisible”. De ahora en adelante, ser bautista significaría participar visiblemente en el proceso de legitimar a su comunidad bautista local. Si no lo hacías, tu pastor estaba en problemas con las autoridades. Este fue un incentivo que justificó incluir cargas no bíblicas en la Confesión. Y esta fue la razón por la cual los Bautistas en 1689 tuvieron que desviarse tanto en su eclesiología de todos los otros grupos, y de los Bautistas de 1644.

Si bien un estudio de la influencia del 501(c)3 sobre la eclesiología moderna no cae en el tema de este artículo, sería relevante aquí señalar que el dominio de esta eclesiología anabaptista en la América moderna coincidió con la nueva Ley de Tolerancia 501(c)3. Al igual que en 1689, hoy en día, vale la pena para las iglesias individuales el abandonar la doctrina de la Reforma de la iglesia invisible, para ir completamente a la visible, obligando a la “membresía de la iglesia local”. La misma práctica de ofrecer beneficios por visibilidad, incorporación, registro, etc., ha sido utilizada por los gobiernos a lo largo de la historia cada vez que tenían que lidiar con movimientos bajo el radar del gobierno. El registro de armas en los Estados Unidos es un ejemplo de esta práctica; La ayuda del gobierno a las familias homeschooling[12] es otra. En Europa del Este en los años ochenta, el gobierno comunista comenzó a ofrecer registro y legalización de diferentes movimientos disidentes, con el propósito de abrirlos. En los años setenta y ochenta, incluso las iglesias protestantes eran toleradas bajo el comunismo si eran incorporadas (visible), mientras que una simple reunión de oración detrás de las puertas cerradas podía fácilmente terminar con los participantes en la cárcel. En todos estos casos, tomar la carnada del gobierno ha llevado al compromiso y a la traición de la ideología y el propósito del movimiento. La Ley de Tolerancia de 1688 fue un cebo. Y los Bautistas Reformados cayeron por el gancho, línea y plomo. Durante los siguientes 200 años, siguieron existiendo en Inglaterra, pero su influencia cultural disminuyó. Esta influencia tuvo una corta culminación en el ministerio de Charles Spurgeon, quien en realidad tuvo que comprometerse en la cuestión de la membresía para atraer nuevos asistentes. Después de la eliminación de las inhabilidades, los bautistas ingleses nunca más desempeñaron un papel notable en la historia de Inglaterra.

6       La escatología de la auto-encapsulación

Todavía es cierto, sin embargo, que mientras los Bautistas Reformados y algunos grupos más no conformistas se rindieron y abandonaron la doctrina Reformada de la importancia de la Iglesia invisible, otros grupos Reformados no lo hicieron. Presbiterianos y otros continuaron registrando la membresía automáticamente al bautizar, sin necesidad de un compromiso adicional con un organismo local. Como señalé anteriormente, de la Historia de la Iglesia Presbiteriana Reformada de William Glasgow, los ministros presbiterianos consideraron como “miembros” a personas que no tenían congregación local para ser miembros. Evidentemente no estaban tan preocupados por la “sumisión a los ancianos” y la “disciplina de la iglesia”. El concepto de “membresía de la iglesia local” obligatoria sigue siendo una característica única de las iglesias bautistas. Mientras que la presión política para la visibilidad de las congregaciones locales fracturó a los Bautistas, no fracturó a los demás. Esto significa que algún otro factor influyó también.

Ese otro factor fue la escatología. Específicamente, escatología pesimista.

En su importante tratado sobre el ascenso y la caída de las civilizaciones, el historiador británico Arnold Toynbee hizo una interesante observación sobre las civilizaciones: Que mientras una civilización tiene fe en el futuro y se está expandiendo, mantiene fronteras abiertas y construye sus carreteras en forma radial, desde el centro hasta las fronteras. Una vez que pierde su optimismo, comienza a encapsular y se centra en la construcción de paredes a lo largo de las fronteras. El Imperio Romano es un buen ejemplo, pues en sus años de expansión y optimismo construyó muy pocas instalaciones defensivas, sólo muros de algunas ciudades estratégicas. Una vez que llegó a lo que se consideraba el límite más amplio posible de la expansión, y una vez que el pesimismo se convirtió en el sentimiento dominante sobre el futuro, el Imperio invirtió enormes cantidades de dinero en la construcción de estructuras defensivas gigantescas. Dos todavía existen hoy en Gran Bretaña, hay restos de alrededor de 10 muros y diques en Rumania solamente, de longitudes entre 30 y 100 millas, etc. Una vez que una civilización o cultura se vuelve hacia el miedo del futuro, comienza a encapsularse, aunque previamente no tuviera ninguna frontera identificable.

Se puede observar el mismo principio en la historia de los Estados Unidos. No es una simple coincidencia que las primeras leyes contra la inmigración hayan sido aprobadas sólo después de que el dispensacionalismo se convirtiera en la escatología dominante en las iglesias americanas. Antes de 1921, los estadounidenses podrían haberse quejado de este o aquel grupo de inmigrantes, pero la percepción común era que la nación no necesitaba fronteras cerradas. Obviamente, una cultura optimista ve la expansión como un destino inevitable y un mandato, por lo que las fronteras se ven como un impedimento. Es por eso que la Declaración de Independencia enumeró las fronteras cerradas como una de las quejas contra el Rey. Es por eso que la Constitución de Estados Unidos no permitió que el gobierno federal controlara la inmigración. Y es por eso que durante cuatro generaciones los Estados Unidos tenían fronteras abiertas para las personas que querían viajar o inmigrar a ella. El optimismo no necesita control de fronteras. Sólo cuando una escatología pesimista fue aceptada en las iglesias y una ideología pesimista siguió el ejemplo en la sociedad y en la política, un llamamiento a las fronteras cerradas podía ser aceptado como legítimo y apoyado por la población. En una de sus conferencias, R.J. Rushdoony también menciona la disposición de los puritanos y los peregrinos en las colonias en Nueva Inglaterra para abrir sus comunidades a los forasteros, incluso criminales. Su optimismo y su fe en el poder de la redención para cambiar a las personas y las sociedades les dieron la seguridad de que ningún peligro de los forasteros puede ser mayor que los beneficios que derivarían de la aceptación y conversión de los recién llegados. Los Países Bajos reformados en los siglos XVI y XVII tenían el mismo optimismo y las mismas fronteras abiertas para los refugiados de Alemania, Francia y España devastadas por la guerra; de hecho, durante el siglo XVII, más de un tercio de la población de los Países Bajos nació en el extranjero.

La iglesia siguió la misma política de apertura a lo largo de los siglos. Cuando hoy, en nuestro mundo poblado, tenemos un servicio de bautismo para 30 personas, pensamos que es un gran evento. Los bautismos para cientos e incluso miles de personas eran algo normal en la era de las primeras misiones en Europa. Desde nuestra perspectiva moderna esto suena extraño: ¿Cómo conocían a cada persona, y cómo sabían que era un verdadero converso? La verdad es que no lo hicieron. No necesitaban saberlo. Desde la perspectiva de aquellos primeros misioneros, la gente no fue bautizada en una iglesia local; tal concepto no significaría absolutamente nada para la iglesia primitiva. Estas personas fueron bautizadas en Jesucristo, y así en Su Iglesia universal. Y a través de la Iglesia universal, fueron bautizados en la cristiandad, es decir, una civilización integral que incluyó a todos, incluyendo a los falsos conversos, e incluso a los incrédulos. Sí, muchos de estos bautizados no sabrían nada de su nueva fe, y no todos ellos estarían asistiendo a la iglesia. Pero el optimismo de la iglesia primitiva les dijo a los primeros misioneros que no importaba lo que sucediera después del bautismo, las cosas iban a mejorar, y la sociedad y los individuos en ella crecerían en la fe, con o sin iglesias o maestros. Sí, trabajaron para establecer centros de aprendizaje e iglesias. Pero la Iglesia era mayor que las congregaciones locales, e incluía a todos los que eran bautizados; y el Reino era aún mayor que la Iglesia. Así que las iglesias mantuvieron sus puertas abiertas y reconocieron como miembros de la Iglesia a todos aquellos que creyeron y profesaron a Cristo. Durante muchos siglos, una parte significativa de todos los cristianos en el mundo no estaban bajo el “cuidado directo” de los ministros eclesiásticos. Una civilización creciente no necesita encapsulación.

Sólo las sectas mantuvieron sus filas cerradas y exigieron reglas estrictas para la membresía de la iglesia y un enfoque exorbitante en la sumisión a las autoridades humanas. La razón, otra vez, era escatológica. A diferencia de la Iglesia histórica, las sectas y las herejías nunca se entendieron portadores de una civilización de la manera en que la Iglesia se entendía portadora de la cristiandad. Una secta está siempre ocupada en separarse del mundo, siempre ve esa separación del mundo tan radical como para hacerla su característica definitoria. Las sectas y herejías, negando uno u otro principio de trinitarismo, son por defecto dualistas. Y una religión dualista es por defecto pesimista sobre la historia y el mundo, porque no tiene fundamento presuposicional para aplicar principios espirituales al mundo material. Las sectas y las herejías no ven el mundo como conquistable; y por lo tanto no esperan conquistarlo. Esperan seguir siendo pequeños guetos de la “verdadera fe” contra un mundo de creciente oscuridad. Por lo tanto, la construcción de muros alrededor de esos guetos es obligatorio. Necesitan separar claramente a los iniciados de los forasteros, a través de un “pacto” de pertenencia específico, no sólo a una fe, sino también a un cuerpo visible específico.”

En su libro La imaginación moral: el Arte y el Alma de la Construcción de la Paz[13], el estudioso menonita John Paul Lederach ofrece una amplia alabanza del pesimismo como una actitud hacia la vida. En él, relaciona el pesimismo con el localismo y el aislamiento, con lo que él llama “proxémica”, es decir, “el estudio del espacio físico real que la gente ve como necesario establecer entre sí y con otros para sentirse cómodo”. El pesimismo hace que la gente construya muros alrededor de sus comunidades y se aísle en pequeñas localidades porque el único cambio positivo que pueden percibir es local, limitado a lo que su sentido directo puede percibir, en palabras de Lederach, “lo que se puede sentir y tocar” [énfasis del original].” El pesimismo hace que la gente pierda su perspectiva global, porque cualquier perspectiva global es por defecto imposible de influir. Sólo los procesos y los cambios locales pueden ser influenciados, y por lo tanto sólo los procesos locales y los cambios son dignos de atención. Y a partir de ella, sólo las personas que hacen de la comunidad local el foco de su trabajo y servicio son verdaderos servidores públicos. Un pesimista no percibe ningún proceso global; ni siquiera puede permitir su existencia. Cuando se enfrenta a la realidad de la iglesia universal en las Confesiones, ignora las Confesiones (aun cuando afirma que las suscribe) y hace su pregunta pesimista: “¿Cuándo fue la última vez que viste la iglesia universal?” Y el servicio de los hombres a la Iglesia universal, quiere ver lo que han hecho para una pequeña y solitaria comunidad, incluso si esa pequeña comunidad solitaria nunca ha dejado ningún legado de servicio a la Iglesia universal. Cuando se le dan los hechos acerca del crecimiento histórico del cristianismo, su respuesta es siempre local: “¿Dónde puedes ver, con tus propios ojos, tal crecimiento?” Un pesimista siempre es local. Por lo tanto, un pesimista siempre construye muros de separación entre su comunidad y el mundo. No espera que su comunidad conquiste el mundo; Así que la batalla es cómo evitar que el mundo conquiste su comunidad, cómo separarse entre los “fieles” y los “forasteros”. Aquí es donde la “membresía de la iglesia local” surge como una técnica legal y psicológica conveniente para construir muros de separación contra el mundo. Todos los fieles deben venir dentro de estos muros y permanecer allí. Quien deja el recinto está dejando la fe.

La Biblia, por el contrario, enseña el optimismo en la historia. Y con su optimismo, enseña una visión universal que rompe todos los muros y alienta a los fieles a salir del molde y salir al mundo. Esta enseñanza está en todas partes en la Escritura. De hecho, una de las promesas del Antiguo Testamento acerca del Nuevo Pacto es que “Jerusalén será habitada sin muros a causa de la multitud de hombres y ganado dentro de ella” (Zacarías 2: 4). En la Biblia, cuando el Reino de Dios opera, los velos se rompen, las puertas se rompen y se abren, y la adoración se libera de las geografías y restricciones institucionales (Juan 4:21). Los eventos globales están sujetos a Dios, el optimista bíblico no ve ninguna razón para separarse de ellos. La Iglesia universal es más real para él que la supuesta “comunidad local”, y dondequiera que se une a un grupo local, es sólo en el contexto del mayor propósito y trabajo de la Iglesia universal. Trabaja localmente pero no se limita a la “membresía” local. El concepto mismo de “membresía de la iglesia local” no significa nada para él. La iglesia local no es un agente de pacto independiente para empezar. No puede hacer pactos separados para ningún tipo de “membresía”. Dado que el optimista bíblico espera la victoria en todos los ámbitos de la vida, no limita ni centra sus dones en una sola área, ni a un local eclesiástico. Tal enfoque es un desperdicio de recursos para él, porque el Reino es mucho más grande que la Iglesia, y ciertamente mucho más grande que un grupo local que puede o no existir en pocos años. Su lema operacional es: “Las iglesias locales van y vienen, el Reino permanece para siempre.” O, para ponerlo en las palabras de la Confesión de Westminster:

Las más puras iglesias existentes bajo el cielo, están expuestas tanto a la impureza como al error, y algunas han degenerado tanto que han llegado a ser, no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás. Sin embargo, siempre habrá una iglesia en la tierra para adorar a Dios conforme a su voluntad (XXV:5)

Así, el optimista bíblico sabe, razonablemente deducido de su Biblia y de las Confesiones, su participación con una congregación local debe ser razonablemente limitada. Muchos factores pueden influir en tal limitación de la participación: el significado de esa congregación local en el cuadro más amplio del Reino de Dios, la fidelidad del pueblo y el liderazgo de esa congregación local a la Palabra de Dios, la naturaleza y alcance de sus propios dones y llamados, las expectativas realistas para el futuro de esa congregación local, etc. La inversión relacional y económica a largo plazo, por ejemplo, en la iglesia de Jerusalén antes del año 70 DC habría sido irrazonable, como sería lo mismo en una iglesia local en alguna ciudad minera de población en declive y sin futuro. Además, para alguien con los dones y el llamado del apóstol Pablo, el compromiso indebido de tiempo y esfuerzo y recursos a una congregación local de cristianos como un contrario compromiso con la comunidad eclesial más amplia sería un gigantesco desperdicio de recursos. Imaginar a Pablo en nuestras modernas “iglesias locales” de hoy, obligados a cambiar pañales para demostrar que es un “verdadero” cristiano. Para el pesimista, esta consideración del futuro y la contabilidad de los recursos son inútiles. Ningún esfuerzo del hombre tiene un significado en el cuadro mayor, porque no hay mayor imagen para empezar. Un optimista ve primero el cuadro más grande; Primero ve el futuro, no las condiciones estáticas actuales; Y por lo tanto su estrategia es de lo más grande a lo más pequeño, no al revés.

Por lo tanto, no es una sorpresa que la “membresía de la iglesia local” obligatoria se convirtiera en un principio dominante en la iglesia en el siglo XX, cuando escatologías pesimistas como el premilenialismo y el amilenialismo hicieron que la Iglesia abandonara su compromiso de construir el Reino de Cristo y lo reemplazara con la retirada del mundo. Sin embargo, los Bautistas Reformados perdieron ese compromiso ya en 1689. Durante la Commonwealth Inglesa, todavía se mantenía adelante el optimismo de todos los demás grupos reformados. Después de la Restauración, los Bautistas Reformados nunca más pensaron en sí mismos como conquistadores que crearían un nuevo orden mundial para Cristo, o mandarían los términos morales, ideológicos y sociales de la sociedad. Incluso para los más optimistas de ellos, la “victoria” no fue en la historia cambiante, sino sólo en permanecer fiel en sus comunidades aisladas contra un mundo hostil y poderoso. Incluso hoy en día, en cualquier iglesia bautista, la historia de los bautistas se dice en términos de supervivencia contra todas las probabilidades, no en términos de conquista contra todas las probabilidades. Incluso donde los Bautistas fueron capaces de alcanzar la superioridad numérica contra todas las otras creencias -como en el Sur de los Estados Unidos en el siglo XX- todavía no crearon una cultura cristiana dominante.

Fue desconcertante para muchos de nosotros en 2012 cómo y por qué los Bautistas del Sur no apoyaron al único candidato que era profesamente bautista, tenía su profesión de fe en la página de inicio de su sitio web de campaña y específicamente relacionó su plataforma política con la Biblia: Ron Paul. En su lugar estaban tratando de decidir entre un católico romano y otro católico romano, los cuales apoyaron, en un momento u otro a Planned Parenthood. Es igualmente desconcertante cómo y por qué un juez en Alabama puede ser removido de su cargo por oponerse al aborto por un panel de jueces, la mayoría de los cuales son “miembros en buen estado” de las iglesias bautistas, y sus iglesias no hacen nada al respecto. La respuesta es que estas iglesias tienen esa misma escatología pesimista de la que hablamos arriba, y por lo tanto no pueden ver nada en el mundo fuera de sus pequeños guetos. Es ese mismo pesimismo lo que ha llevado al concepto de “membresía de la iglesia local”. Todo lo que un hombre hace fuera de las paredes del gueto no tiene ninguna consecuencia en absoluto. Todo lo que importa es lo que hace dentro del gueto. Porque el mundo fuera del gueto es invencible de todos modos, y no hay esperanza de construir una civilización o cultura cristiana.

Y cuando la misma escatología de gueto fue adoptada por las otras ramas de la familia Reformada, también se adoptó el mismo concepto de “membresía de la iglesia local” obligatoria. Donde la escatología de la iglesia es optimista, no hay paredes de auto-encapsulación.[14]

 

 

Acerca de Bojidar Marinov.

Un misionero reformado a su Bulgaria natal por más de 10 años, Bojidar predica y enseña doctrinas de la Reforma y una cosmovisión bíblica comprensiva. Tras fundar los Ministerios de Reforma de Bulgaria en 2001 (Bulgarian Reformation Ministries), él y su equipo han traducido más de 30.000 páginas de literatura cristiana sobre la aplicación de la Ley de Dios en todos los ámbitos de la vida y la sociedad del hombre. Ha sido activo en la formación del movimiento libertario en Bulgaria, un co-fundador de la sociedad búlgara para la libertad individual y su primer presidente. Si desea que Bojidar hable con su iglesia, grupo de homeschool u otra organización, póngase en contacto con él a través de su sitio web: http://www.bulgarianreformation.com/

[1] Traducido por Youseff Derikha. Mail: youseffderikha@gmail.com

[2] Como argumento en mi artículo sobre “El Presbiterianismo Moderno y la Destrucción del Principio de Pluralidad de Ancianos”, hay una diferencia entre la autoridad y el poder legal, y las iglesias modernas han reemplazado la autoridad por el poder.

[3] “No one leaves us in good standing.”

[4] John Calvin, Come Out From Among Them: The Anti-Nicodemite Writings of John Calvin (Protestant Heritage Press, 2001), pp. 93, 94, emphasis added.

[5] Pactantes en inglés.

[6] The Due Rights of Presbyteries

[7] The Divine Right of Church Government and Excommunication

[8] A.A. Hodge, A Short History of Creeds and Confessions

[9] The First Book of Discipline (1560). This book has been largely the work of John Knox, “the Prophet and Apostle” of the Scottish nation, according to James Melville.

[10] La palabra inglesa es “Act” que significa ley en este contexto.

[11] Traducción muy difícil para el traductor.

[12] Escuela en casa.

[13] Oxford University Press, 2005, Chapter 6, “On the Gift of Pessimism.”

[14] El mismo principio escatológico está en juego en el conflicto entre la cultura cristiana de nucleos familiares y las culturas de los clanes paganos: “Cultura Cristiana vs. Cultura del Clan”. Ver en “http://www.christendomrestored.com/blog/2012/11/christian-culture-vs-clan-culture/”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>