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Ago 12

El Marxismo Cultural

Hacha Puesta a la Raíz Podcast Episodio # 39

Por Bojidar Marinov. Traducido por Youseff Derikha

Bienvenido al Episodio 39 de Axe to the Root Podcast (el hacha puesta a la raíz), parte de War Room Productions, Yo soy Bo Marinov, y por los próximos 20 minutos estaremos hablando de una palabra de moda que se ha convertido en común en las últimas décadas entre muchos conservadores. Ha sido adoptada por los teóricos de la derecha y de la conspiración, y, lamentablemente, también por muchos cristianos bien intencionados: “Marxismo Cultural.” En todas partes a las que voy, en estos días, me advierten sobre el “marxismo cultural”. Parece infiltrarse en nuestra sociedad moderna y política en una serie de formas tortuosas de las cuales ni el mismo Marx pensó. Y siempre, por lo que puedo ver, en una violación directa de todo lo que Marx escribió – pero veremos más adelante por qué estoy diciendo esto. La corrección política es “marxismo cultural”, usted ha oído seguramente, en todas partes, desde Glenn Beck a Alex Jones hasta en su página de inicio de su Facebook. Amnistía para los inmigrantes es “marxismo cultural”, por si no lo sabía, lo que hace que uno se pregunte si Ronald Reagan era un “marxista cultural” o si los Padres Fundadores eran “marxistas culturales”. El multiculturalismo es “marxismo cultural”, aunque nunca he podido deducir desde las palabras de los opositores al multiculturalismo qué es exactamente el “multiculturalismo” y qué es exactamente lo que está mal con él: ¿Es que las culturas se mezclan en una, o es que se mantienen diferentes? Una vez escuché un podcast de un contrario al multiculturalismo, dentro del mismo podcast, quejarse, primero, de que el multiculturalismo impone diversidad a una cultura y, segundo, que los defensores del multiculturalismo no valoran la diversidad. Eh, ¿cuál es? ¿diversidad o no-diversidad? De cualquier manera, ambos son “marxismo cultural”. La crítica contra la brutalidad policial es “marxismo cultural”, anti-guerra es “marxismo cultural”, ah, sí, incluso vi a alguien escribir “Vladimir Putin contra el marxismo cultural” (Mi reacción inmediata fue incrédula: “Amigo, ¿Si quiera sabes algo de historia…?”). Decir que todos somos una misma raza y de la misma sangre (Hechos 17:26) es “marxismo cultural”, el libre mercado global es “marxismo cultural” (no es broma), la mujer en puestos de trabajo es “marxismo cultural”, Facebook es ” Marxismo cultural “. . .  Espere hasta llegar a algunas de las declaraciones más extrañas: Miss Finlandia es “marxismo cultural”, Rogue One es “marxismo cultural”, la producción en masa de bienes baratos es “marxismo cultural”, los bajos salarios para el trabajo de baja calificación es “marxismo cultural” (Porque, como saben, los mexicanos están tomando nuestros empleos), pero, de nuevo, el salario mínimo para trabajos de baja cualificación es también “marxismo cultural”… He perdido la pista de cuántas cosas diferentes y hasta mutuamente contradictorias pueden ser “marxismo cultural” al mismo tiempo. Esta palabra de moda se ha convertido en la moda del día entre tantos conservadores y cristianos, y todo el mundo parece estar viendo “marxismo cultural” en cada esquina, y luchar contra ello.

Ahora, en principio, no hay nada de malo en descubrir conspiraciones e intentos de conspiraciones en la historia, y oponerse a ellas. Aunque, desde una perspectiva cristiana, y sobre todo postmilenial y optimista, no debemos preocuparnos demasiado por las conspiraciones, porque nunca tienen suficiente poder para merecer nuestra constante atención. Como R. J. Rushdoony dijo sobre el tema de los teóricos de la conspiración: “Muchas personas equivocadas gastan tiempo y dinero estudiando el mal, documentando conspiraciones, analizando sin cesar ‘las profundidades de Satanás’. Dejan de ser miembros útiles de la sociedad: son simplemente expertos en el mal. A menudo creen más en el poder del mal que en el poder de Dios.” No obstante, tener una conciencia general de algunas conspiraciones y señalarlas, como una cuestión secundaria a nuestra labor para el Reino de Cristo puede ser beneficioso, a veces. Sin embargo, algunas teorías de conspiración son descaradamente falsas y su propósito no es otra cosa que re-direccionar nuestra atención de los verdaderos problemas del día a amenazas imaginarias que nunca se materializarán ni se han planeado materializar. Y esta teoría de conspiración, del “marxismo cultural”, es una de esas falsas amenazas. Así que nuestro propósito aquí es ver por qué el “marxismo cultural” es una falsa amenaza, y en sí, el concepto mismo es una contradicción. Y también, que es, de hecho, una cortina de humo para una mucho peor y más inminente amenaza, una que muchos cristianos han sido víctimas. Sólo para mencionar antes de llegar al punto, tanto Gary North como Joel McDurmon han escrito refutaciones de la teoría de conspiración del “marxismo cultural”. Añadiré a su refutación dando un análisis en profundidad del marxismo, lo que es, lo que no es, y donde está la verdadera amenaza.

Antes de que podamos entender por qué el “marxismo cultural” es una contradicción de términos, necesitamos entender lo que el marxismo realmente es, como filosofía y como ideología política. Desafortunadamente, la mayoría de los comentaristas modernos simplemente no tienen idea de la verdadera naturaleza del marxismo como sistema, y frecuentemente me enojo cuando escucho a algún comentarista conservador declarar que esta o aquella idea es “marxismo”. Superficialmente, por supuesto, el marxismo es ante todo una ideología política revolucionaria basada en una doctrina económica. Es decir, el marxismo cree ciertas cosas acerca de la naturaleza económica de las cosas, y tiene una idea de cómo cambiar el mundo de acuerdo con sus opiniones económicas. La parte económica en esta doctrina, como veremos, no es sólo una cuestión secundaria, como lo es con todas las demás doctrinas políticas. El marxismo como ideología política no puede coexistir con otros puntos de vista económicos. Está muy específicamente definido y determinado por su doctrina económica única, y vive y muere con su doctrina económica. Cualquier otra ideología política – monarquismo, democracia, republicanismo – puede coexistir con una serie de diferentes teorías y prácticas económicas. El marxismo no puede. ¿Por qué?

Porque detrás del marxismo existe una filosofía específica del ser y una filosofía de la historia. Y es una filosofía exhaustiva, que parte de los principios últimos (presupuestos), hasta la filosofía del hombre y la filosofía de la historia y la sociedad, y luego hasta una coherente ideología práctica para transformar la civilización. Cada pieza de esa filosofía tiene que estar en su lugar para que el todo sea consistente. Y el orden económico y las relaciones económicas en la sociedad desempeñan un papel vital en la filosofía de Marx.

Para empezar, el marxismo es una filosofía materialista. El materialismo en el sentido filosófico, no en el sentido moderno de “deseo de bienes materiales”. El marxismo considera que la primera y fundamental cuestión de la filosofía es “¿Cuál es lo último, la materia o la mente?” La respuesta del marxismo es inequívoca: la materia es en última instancia real, y determina todo lo demás. En palabras de Frederick Engels: “La verdadera unidad del mundo consiste en su materialidad, y esto queda demostrado … por un largo y prolongado desarrollo de la filosofía y la ciencia natural … Pero … si se plantea: Qué es entonces el pensamiento y la conciencia, y de dónde vienen, se hace evidente que son productos del cerebro humano y que el hombre mismo es un producto de la naturaleza, que se ha desarrollado en y junto con su entorno.” El marxismo, por lo tanto, es una filosofía del determinismo materialista, es decir, que el hombre, su sociedad y todo su mundo están determinados y definidos por factores materiales. En esto, el marxismo no difiere de algunas ideologías modernas del determinismo materialista: Como diferentes tipos de genéticismo y racismo, ambientalismo, conductismo, etc. Sin embargo, el materialismo de Marx no era tan simple como el materialismo de esas teorías. En 1845, tres años antes de escribir el Manifiesto Comunista, Marx escribió una breve colección de notas que nunca fue publicada hasta después de su muerte, titulada Tesis sobre Feuerbach. Ludwig Feuerbach fue un filósofo alemán que había sido un hegeliano pero abandonó el idealismo de Hegel en favor de su propio sistema de materialismo filosófico. En las tesis, Marx reconoció la influencia de Feuerbach en su propio pensamiento. Pero también se daba cuenta de que el materialismo vulgar, grosero y simplista de Feuerbach llevaría al filósofo a un callejón sin salida y lo haría incapaz de construir una ideología práctica para la acción social. Después de todo, si todo es materia pura, y todo pensamiento es simplemente reacciones bioquímicas, entonces el filósofo no tiene forma de separarse de sí mismo, como un ser racional, del mundo que lo rodea, y mucho menos de construir una teoría para el cambio activo del mundo o de la sociedad. Es en estas tesis que Marx hizo su famosa declaración: “Los filósofos hasta ahora sólo han interpretado el mundo de diversas maneras. El objetivo es cambiarlo.”

Para evitar el estancamiento intelectual del materialismo puro, Marx mantuvo la dialéctica hegeliana. Él sólo le dio la vuelta. Para Hegel, la razón o el espíritu era el elemento último y activo del universo, y Hegel aplicó sus leyes de la dialéctica a la razón para influir en el mundo material. Marx, siendo materialista como Feuerbach, aplicó la dialéctica de Hegel a la materialidad del mundo y postuló el cambio y el desarrollo ascendente en la constitución material del mundo. Tenga en cuenta, lo hizo en la década de 1840, un total de 15 años antes de El Origen de las Especies de Darwin. Lo que Darwin hizo por la biología en 1859 – postular un desarrollo impersonal ascendente en la constitución material de las cosas – Marx lo hizo en la filosofía especulativa 15 años antes. Los dos hombres tenían mucho en común: ambos querían quitar a Dios del universo, y ambos trataron de hacerlo postulando dialéctica, la materia en desarrollo. No era de extrañar que Marx estuviera tan entusiasmado con el libro de Darwin, y en 1973 envió a Darwin una copia de la segunda edición alemana de Das Kapital, autografiada, “al señor Charles Darwin, por parte de su sincero admirador, Karl Marx”.

Así, según Marx, el hombre era el producto del desarrollo material, todo el hombre, incluyendo su mente, razón, cultura y sociedad, pero no era un producto simple y directo de factores materiales. Era más bien el producto de un desarrollo dinámico y dialéctico dentro de la materia. En palabras de Engels, “la mente es un producto de la materia altamente organizada.” Esta filosofía se llamaba materialismo dialéctico, para separarla de la forma anterior, llamada materialismo metafísico, es decir, la que la naturaleza del hombre permanecía fija e inamovible, porque el elemento material en él estaba fijado como su metafísica, es decir, su interior, su naturaleza esencial.

Lo que queda ahora es cómo aplicar este principio de filosofía general a la sociedad del hombre (Tenga en cuenta, estoy dando aquí el razonamiento sistemático y lógico de la filosofía de Marx. Históricamente, Marx lo desarrolló al revés: Primero postuló la necesidad de un cambio social, y luego construyó su filosofía a su alrededor. Pero este es un tema para otro episodio). Entonces, ¿Cómo aplicamos esta filosofía del materialismo dialéctico a la sociedad del hombre? ¿Cómo pasamos del Materialismo Dialéctico a lo que Marx llamó Materialismo Histórico? ¿Cuál es el elemento material cuyo cambio dialéctico y dinámico producirá el cambio en el hombre y en su sociedad? No puede ser genético, a pesar de que Marx era un racista vicioso, y creía que ciertas razas humanas eran genéticamente incapaces de llegar a una etapa civilizada, porque la herencia biológica del hombre permaneció siempre igual o cambió muy poco durante siglos.

La solución de Marx fue: el factor activo en una sociedad es su base económica, o, para usar el término marxista, su modo de producción. El modo de producción tiene dos componentes: Las relaciones de producción (formas de propiedad, organización de la producción, modo de distribución de los bienes, etc.) y las fuerzas de producción (trabajo y medios de trabajo). Al estrechar la búsqueda, el elemento activo en la dinámica de la historia, para Marx, eran los medios de trabajo, y específicamente las herramientas de producción. Sí, has oído bien. En el sistema del Materialismo Histórico de Marx, eran las herramientas de producción las que fueron el factor activo del cambio social. Sí, las herramientas en sí mismas, sin importar la ideología o la religión o hábitos o costumbres de la cultura que las personas tuviesen.

Marx postuló la evolución humana 11 años antes de Darwin. En su opinión, la evolución del hombre se expresó en el desarrollo tecnológico de las herramientas de producción. No dijo de dónde viene esta evolución. No explicó por qué el hombre tuvo que desarrollar sus herramientas de producción. Era sólo una ley de la dialéctica que el hombre inevitablemente se desarrolló tecnológicamente e ideó nuevas y mejores herramientas de producción. Bueno, es cierto, algunas culturas del hombre no desarrollaron sus herramientas de producción, pero Marx tuvo una respuesta biológica a eso: eran genéticamente inferiores. Su teoría social sólo se centraba en los europeos occidentales, porque, según Engels, eran los únicos grupos que habían evolucionado biológicamente para desarrollar sus herramientas de producción.

A medida que las herramientas de producción se desarrollan, se requieren nuevas formas de organización de la producción y, por lo tanto, nuevas relaciones de producción. En su estado primitivo, el hombre tiene acceso directo a todas las herramientas que puede pensar, y por lo tanto la sociedad primitiva era una sociedad de comunismo primitivo. El hombre descubrió nuevas herramientas de producción y nuevos métodos de producción (la agricultura, en contraposición a la caza y la recolección) y estas nuevas herramientas y nuevos métodos no eran ahora directamente accesibles ni viables para todos los hombres por igual. Así aparecieron las primeras clases sociales: algunos hombres tenían un mayor control sobre las nuevas y más caras herramientas de producción, y podían forzar a otros hombres a trabajar para ellos o a padecer hambre (o morir). Así es como llegó la siguiente etapa de la historia humana, las sociedades esclavistas. Sin embargo, en las sociedades esclavistas la tecnología continuó desarrollándose y nuevas herramientas de producción exigieron nuevas formas de propiedad y organización del trabajo, lo que condujo al cambio de las sociedades de esclavos al feudalismo. Luego, del feudalismo al capitalismo (de nuevo, debido a los avances tecnológicos en las herramientas de producción y a la necesidad de nuevas formas de organización de la producción). En cada etapa de esas sociedades había una clase que organizaba la producción y, por lo tanto, controlaba los medios de producción a través de diferentes formas de propiedad, y había otra clase que suministraba sólo el trabajo, pero estaba enajenada de los medios de producción. Por eso todas eran sociedades de clase. Y por eso Marx vio la historia de la humanidad como una historia de lucha de clases.

Finalmente, según Marx, el desarrollo de las herramientas de producción haría obsoletos a los organizadores de la producción. Las nuevas herramientas se harán tan fácilmente accesibles a todos, como lo fueron las herramientas primitivas en la primera etapa de la historia humana, que no habrá necesidad de organizadores de la producción, es decir, una clase de propietarios. La humanidad, entonces, podrá volver a su maravilloso estado de comunismo original, es decir, un estado donde la propiedad privada no existe, excepto que su comunismo será un comunismo científico, un comunismo industrial, un comunismo de herramientas desarrolladas y organización de producción.

La característica central que define al hombre, por lo tanto, era su identidad de clase, y era estrictamente económico: ¿Cómo se relaciona con los medios de producción en su sociedad? ¿Es dueño de medios de producción y contrata a otras personas para que trabajen para él en sus fábricas, o es dueño sólo de su trabajo, vendiendo su trabajo a los propietarios de medios de producción?

¿Qué pasa con los otros factores de identidad que usan los hombres: religión, cultura, arte, política, familia, etc.? En opinión de Marx, todos eran simplemente una superestructura construida sobre la firme y estable base económica. La base económica determina y define todos estos componentes no económicos de la sociedad. Además, no sólo la base económica determina y define la religión, la cultura, el arte, etc., sino también que la existencia social específica de cada clase determina su conciencia de clase y, por lo tanto, la religión, la cultura, el arte, la política, etc. de esa clase. La conciencia de un hombre se define por su estatus económico. Más aún: el sistema ético de un hombre está determinado y definido por su condición económica. Sí, esto no es una broma. Hay un sistema burgués de moralidad, y hay un sistema de moralidad del proletariado, es decir, de los desposeídos que no tienen nada que vender excepto su trabajo. Toda la superestructura de la sociedad – las áreas no económicas de la vida – está totalmente definida por su base, las relaciones económicas y el estatus. El marxismo, en consecuencia, es una filosofía altamente desarrollada del determinismo materialista.

Mucho más se puede decir sobre el sistema filosófico del marxismo, pero lo que hemos dicho hasta ahora debería ser suficiente para comprender la importante lección para este episodio: “el marxismo cultural” es un oxímoron. No hay manera, bajo el sistema marxista de pensamiento, de imaginar la cultura como un factor activo a través del cual la sociedad puede ser cambiada. Las diferentes clases de la sociedad pueden crear sus propias culturas, o versiones de la cultura, pero ninguna de ellas puede trascender su propia conciencia de clase definida y determinada por su condición económica. La cultura no puede utilizarse para crear una sociedad marxista; tal concepto es una contradicción de términos para el marxismo. Tampoco puede usarse la cultura para destruir una civilización. Bajo el marxismo, una civilización se basa en su modo de producción, no en su cultura. La toma de una sociedad puede ocurrir de una sola manera posible: tomar los medios de producción. Ninguna otra solución se puede encontrar. Producir películas, noticias, artículos, o actuaciones de ballet o ficción puede ser una buena ayuda para fortalecer la conciencia de clase de la clase obrera, pero no pueden crear tal conciencia, ni pueden producir ningún llamado a la acción. Y es absurdo imaginar que pueden destruir una civilización, y mucho menos la civilización occidental. Mientras que haya medios de producción en manos de sus propietarios, esto será lo único que importa.

Durante varias décadas durante el siglo XX, el “marxismo cultural” se usó como una descripción simplemente académica de una escuela pequeña y en gran medida no influyente dentro del pensamiento alemán, la llamada Escuela de Frankfurt. La Escuela de Frankfurt consistía en intelectuales que decían ser marxistas, pero creían que el marxismo tradicional no explicaba bien los desarrollos históricos de mediados del siglo XX, por lo que querían fusionar el marxismo con otras teorías. En el proceso, se apartaron tanto del marxismo que nadie más los consideraba verdaderos marxistas. En el proceso de esa desviación, la escuela también perdió el optimismo original del marxismo. Marx entendió el significado del optimismo escatológico y tomó mucho prestado del postmilenialismo cristiano al construir su ideología para la acción. La Escuela de Frankfurt no pudo sostener este optimismo. Hasta la fecha, sólo tiene un representante vivo: Junger Habermas. Habermas escribió un buen número de libros y papeles entre 1952 hasta hoy, y sus trabajos más prácticos fueron escritos entre los años 50 y 60. La mayor parte de su trabajo actual es más bien oscuro e irrelevante, y ciertamente no tiene nada ni siquiera cerca de la ideología práctica aplicada de Marx y Engels.

El término “marxismo cultural” fue utilizado por primera vez como parte de una teoría de conspiración en 1998 por el activista cristiano y conservador Paul Weyrich. Quizá recuerdes el nombre por nuestro episodio anterior sobre la Mayoría Moral; Weyrich era uno de los tres hombres principales detrás de ello. En 1998, frustrado por la indiferencia del público en general hacia el escándalo de Monica Lewinsky, decidió intentar iniciar otra cruzada moral. Utilizó el “marxismo cultural” como su palabra de moda – o como su espantapájaros para los conservadores – y declaró que el marxismo no está muerto, sino que ha estado trabajando en Occidente en los medios de comunicación y en la élite cultural. En consecuencia, él y William Lynd tomaron el trabajo de la Escuela de Frankfurt y lo inflaron desproporcionadamente, declarando que la Escuela de Frankfurt ha sido un factor crítico e influyente en el desarrollo de la cultura moderna de Estados Unidos. El propósito, decían, era la destrucción de la civilización occidental y, a través de ella, la destrucción del cristianismo. Y, por lo tanto, el triunfo final del marxismo, aunque no por los mismos medios que Marx previó. Weyrich falleció en 2008, no sin antes hacer el ridículo proponiendo diferentes soluciones extrañas para combatir al “marxismo cultural”, entre las cuales se encontraba el regreso a la agricultura de subsistencia localizada y la restauración de los ferrocarriles como principal medio de transporte. El espantapájaros del “marxismo cultural” sigue viviendo entre un buen número de cristianos y conservadores en general.

Los cristianos, sin embargo, tienen varias razones para alejarse de esta alarma de “marxismo cultural” y no recoger su terminología:

En primer lugar, el término es simplemente contradictorio [oximorónico], y su uso revela ignorancia. Hablar de “marxismo cultural” es tan legítimo como hablar del “cristianismo materialista”, es decir, el cristianismo que surge de una comprensión materialista de la realidad. Cuando hablamos ignorantemente, podemos convencernos a nosotros mismos, pero para los de afuera estaremos presentando una buena razón para rechazar nuestro mensaje, y así nuestro testimonio del Evangelio sufrirá.

En segundo lugar, el uso de la frase “marxismo cultural” es sólo una versión más reciente de la frase “bolchevismo cultural” utilizada por los nazis en los años 1920 y 1930 para tratar con sus oponentes políticos en Alemania. No significa nada -y de todos modos es oxímorónico-, pero da una munición a las ideologías anticristianas en el nombre de alguna causa noble imaginaria. De hecho, la frase de hoy es adoptada principalmente por diferentes grupos marginales que apuntan a la restauración de la segregación racial, o de alguna forma de estatismo militarista con el objetivo, por supuesto, de luchar contra los malos, los comunistas y los musulmanes. Y otros. El cristianismo tiene su propia agenda social. No tenemos que aliarnos con un grupo anticristiano para luchar contra otro grupo anticristiano, a menos que queramos socavar nuestro testimonio al mundo.

Y tercero, la ideología detrás de la lucha contra el “marxismo cultural” es que necesitamos defender la civilización occidental, porque de esta manera estamos defendiendo el cristianismo. Es decir, que la supervivencia del cristianismo depende de la supervivencia de la civilización occidental. Este es el mismo determinismo materialista como el del marxismo: que nuestra fe depende de la existencia material de una civilización. La verdad es que la civilización depende de la supervivencia del cristianismo. Y si Occidente está degenerando hoy, no es debido al poder e influencia imaginarios de la Escuela de Frankfurt, sino porque nuestras propias iglesias y celebridades han abandonado el cristianismo vibrante, teonómico, postmillenario que produjo la civilización occidental en primer lugar. La corrección política no surgió del “marxismo cultural”; Llegó primero de nuestros púlpitos. La feminización en la cultura no vino de Hollywood; Vino de nuestras iglesias. Todos nuestros problemas hoy son producto de nuestros púlpitos y de aquellos que los mantienen. Cualquier restauración de la cristiandad debe comenzar no con la persecución de enemigos imaginarios en Hollywood, sino con purgar nuestros púlpitos. El “marxismo cultural” es sólo una cortina de humo; su verdadero problema es su pastor y sus ancianos.

Por tanto, a ignorar las falsas alarmas, y centrarse en las causas reales.

El libro que voy a asignar para la lectura de hoy es “The Betrayal of the Church” (La Traición de la Iglesia) por Edmund W. Robb y Julia Robb. A medida que lo lean, consideren esto: La mayoría de estos pastores y líderes eclesiásticos renegados no tenían ni idea de la Escuela de Frankfurt ni siquiera del marxismo. Su traición no tenía nada que ver con ninguna conspiración exterior. Y luego, al ir a la iglesia el próximo domingo, considere el hecho de que un pastor que no está predicando un orden social cristiano basado en la Biblia es parte de la misma traición. Y actua en consecuencia.

Y recordad en vuestras oraciones y vuestras ofrendas a Ministerios de Reforma Bulgaria, una organización misionera que nunca ha aceptado dejar el mundo y su gobierno a los enemigos de Dios. Hemos predicado el Reino de Cristo, y hemos declarado Su autoridad en todos los ámbitos de la vida, incluyendo la política, la economía, la educación, etc. Y hemos tenido éxito en nuestra misión, haciendo un buen uso de todos los recursos que Dios y Su Iglesia han invertido en nosotros. Visite BulgarianReformation.com. Suscríbete al boletín. Y ofrenda. Dios los bendiga a todos.

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